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Javier Lizaga

Tiene el verano su propio reloj, su teoría de la relatividad. Tomando como referencia la semana más tranquila del año (la semana posterior a la Vaquilla, tanto da si no hay efemérides que manda la costumbre) y la semana previa a la Feria del Jamón (por no haber no hay ni conciertos ni jamones en el Torico) hasta donde yo sé, en Teruel, el verano dura mes y medio. Lo cual ya es un avance porque en mi casa, empezando por mi abuelo, siempre se negó su existencia, bajo la máxima de aquí solo existen dos estaciones “el invierno y la del tren”.

Nada más serio que el verano. Familias enteras vuelven a conocerse, después de meses de cubrir el expediente. Paseando por la playa, de camino por el monte, o en el típico atasco, no queda otro remedio que hablar. Los hijos maduran, los padres se preocupan, hay divorcios, amores de verano y hasta amistades. Yo recuerdo que me carteé con una novia todo el verano y la dejé, agotado, antes de la primera cita en septiembre.

Recuerdo también las ganas de llorar y la inmensidad del primer día en el campamento. Solo quedan 7 días, me decía ajeno al fulgor general. Lo pienso siempre cuando llegamos a la playa y digo: “vaya, 7 días que se pasan volando”. En cierto modo, es solo otro ejemplo de que las palabras sobreviven a las cosas. Se siguen llamando, por ejemplo, vacaciones a esos 4 días que pasaban los ricos en San Sebastian en 1920, a la semana en un apartamento comiendo macarrones que me encantaba de niño y a las fotos de postureo en piscinas infinitas.

Verano es también cuando me pregunto: ¿qué nos pasa? La última moda es perderse en un lugar rural tan perdido que esté petado (comprobante actual de triunfo) que encima petamos más y no disfrutamos, incluso aborrecemos al vecindario. Hay quienes ante un parking vacío, siguen y se hacen unos cientos de kilómetros más por un buen selfie.

Tengo un amigo que tuvo que llevarse dos gatos de su alojamiento rural porque “molestaban” a unos inquilinos de esos “amantes de la naturaleza y los animales”. Un abrazo, un castillo de arena y un helado siguen siendo mi destino veraniego favorito, el único lugar donde desconecto, hasta del paso del tiempo.