Soy otro pollo en el corral. Alguien tendrá la culpa. Este es el orden natural. Alguien tendrá la culpa. Aquí se trata de estirar el cuello. Alguien tendrá la culpa. Si se aplasta a uno que otro polluelo. Alguien tendrá la culpa.
Suena Cristina Rosenvinge y su frase rebota por todo mi cuerpo.
Es un descanso saber que una no tiene la culpa de nada, que es lo que hay, que son los que mandan que no hacen lo que tienen que hacer, que es la otra la que no está actuando bien.
¡Qué descanso! Aquí sentadita en mi sillón viendo la vida pasar y observando como las demás se equivocan.El planeta arde, literal y metafóricamente: Guerras, migraciones forzadas, colapso climático, Alguien tendrá la culpa. Los gobiernos dicen que es geopolítica. Las empresas dicen que es el mercado. Nosotras decimos que es demasiado grande para hacer algo.
Y mientras tanto: volamos barato, compramos rápido, miramos el telediario como si fuera una serie de Netflix, como si lo que vemos no fueran vidas humanas.
“Alguien tendrá la culpa. El desastre siempre parece responsabilidad de otro continente.”
El territorio se vacía, se vende, se perfora. Macroproyectos, promesas, migajas. “Es progreso”, “Es lo que hay”, “Si no lo hacemos nosotras, lo harán otros”. El paisaje cambia, las decisiones vienen de fuera y aquí aprendemos a agradecer lo mínimo. Se destruye lento, con papeles, con palabras bonitas, con la complicidad del cansancio.
Nadie firma la herida pero todas vivimos en ella hasta que llama a la puerta y aun así, seguimos sentadas. “Busca entre la muchedumbre.Alguien tendrá la culpa aquí.”
Una conversación que no tienes, un límite que no pones, un silencio que sostienes “para no líar las cosas” Alguien tendrá la culpa.
La otra no se da cuenta. El jefe no cambia. La familia es así. Y tú, correcta, razonable y agotada, sigues estirando el cuello para que no se note el nudo en la garganta.
No es que no puedas hacer nada, es que hacer algo tendría consecuencias. Y eso ya no entra en el relato cómodo de no ser responsable de nada. “Si se aplasta a uno que otro polluelo. Alguien tendrá la culpa.”
Y quizá ya no va de buscar culpables, quizá va de aceptar algo mucho más incómodo: que cada gesto pequeño toma partido: lo que compras, lo que callas, a quién escuchas, a quién sostienes, a quién dejas caer para no complicarte la vida.
No hay actos neutros. Cada decisión cotidiana es una papeleta silenciosa. Hacemos política cuando elegimos barato, cuando miramos hacia otro lado, cuando decimos “no es para tanto”.
Y también cuando paramos, cuando decimos no, cuando cambiamos un hábito minúsculo aunque nadie lo celebre.
Tu micromovimiento no salva el mundo pero le pone dirección. No decide el destino final, pero sí hacia dónde se inclina la balanza. No hace falta encontrar culpables, hace falta algo más difícil, más adulto:
Asumir que el rumbo mundial no se mueve solo desde los despachos,sino desde millones de sillones ocupados o abandonados cada día. Este sillón en el que estamos sentadas no es neutro, tiene ideología. Y el confort, cuando se repite cada día, acaba votando solo.
Suena Cristina Rosenvinge y su frase rebota por todo mi cuerpo.
Es un descanso saber que una no tiene la culpa de nada, que es lo que hay, que son los que mandan que no hacen lo que tienen que hacer, que es la otra la que no está actuando bien.
¡Qué descanso! Aquí sentadita en mi sillón viendo la vida pasar y observando como las demás se equivocan.El planeta arde, literal y metafóricamente: Guerras, migraciones forzadas, colapso climático, Alguien tendrá la culpa. Los gobiernos dicen que es geopolítica. Las empresas dicen que es el mercado. Nosotras decimos que es demasiado grande para hacer algo.
Y mientras tanto: volamos barato, compramos rápido, miramos el telediario como si fuera una serie de Netflix, como si lo que vemos no fueran vidas humanas.
“Alguien tendrá la culpa. El desastre siempre parece responsabilidad de otro continente.”
El territorio se vacía, se vende, se perfora. Macroproyectos, promesas, migajas. “Es progreso”, “Es lo que hay”, “Si no lo hacemos nosotras, lo harán otros”. El paisaje cambia, las decisiones vienen de fuera y aquí aprendemos a agradecer lo mínimo. Se destruye lento, con papeles, con palabras bonitas, con la complicidad del cansancio.
Nadie firma la herida pero todas vivimos en ella hasta que llama a la puerta y aun así, seguimos sentadas. “Busca entre la muchedumbre.Alguien tendrá la culpa aquí.”
Una conversación que no tienes, un límite que no pones, un silencio que sostienes “para no líar las cosas” Alguien tendrá la culpa.
La otra no se da cuenta. El jefe no cambia. La familia es así. Y tú, correcta, razonable y agotada, sigues estirando el cuello para que no se note el nudo en la garganta.
No es que no puedas hacer nada, es que hacer algo tendría consecuencias. Y eso ya no entra en el relato cómodo de no ser responsable de nada. “Si se aplasta a uno que otro polluelo. Alguien tendrá la culpa.”
Y quizá ya no va de buscar culpables, quizá va de aceptar algo mucho más incómodo: que cada gesto pequeño toma partido: lo que compras, lo que callas, a quién escuchas, a quién sostienes, a quién dejas caer para no complicarte la vida.
No hay actos neutros. Cada decisión cotidiana es una papeleta silenciosa. Hacemos política cuando elegimos barato, cuando miramos hacia otro lado, cuando decimos “no es para tanto”.
Y también cuando paramos, cuando decimos no, cuando cambiamos un hábito minúsculo aunque nadie lo celebre.
Tu micromovimiento no salva el mundo pero le pone dirección. No decide el destino final, pero sí hacia dónde se inclina la balanza. No hace falta encontrar culpables, hace falta algo más difícil, más adulto:
Asumir que el rumbo mundial no se mueve solo desde los despachos,sino desde millones de sillones ocupados o abandonados cada día. Este sillón en el que estamos sentadas no es neutro, tiene ideología. Y el confort, cuando se repite cada día, acaba votando solo.
