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Fabiola Hernández

Todos hemos cogido un tren alguna vez. Todos hemos soñado con hacerlo muchas más. Sobre todo uno de esos, que según el cine y la televisión, nos llevan al lugar al que siempre quisimos ir. No hace falta comprar billete ni identificar el destino. Eso es lo bueno de subirse a esos vagones que te arrullan con su traqueteo; (ese ruido blanco que enmascara cualquier mal augurio) ellos ya saben dónde deben llevarte. Esos trenes atraviesan llanuras infinitas, bordean acantilados emocionantes y se detienen en ciudades bulliciosas donde habitan las oportunidades. Esos no son los que se detienen en el andén número 5 de la estación de Lviv. El lugar donde miles de ucranianos se despiden de su país obligados a emprender una nueva vida, algo que muchos hemos soñado al coger un tren…pero no así. Para ellos, la primera parada será Polonia; el fin del trayecto: volver.

La pantalla del vestíbulo del majestuoso edificio Art Nouveau, donde hace solo dos meses aparecían las llegadas y salidas ya solo comunica un destino: lejos de la guerra. No hay horarios ni billetes de primera y segunda, aunque también hay clases para escapar del terror. Tanto, que muchos no tendrán ni siquiera la oportunidad de tomar un tren.

Olena lleva dos días viviendo bajo el techo de la joya arquitectónica que se inauguró recién estrenado el siglo XX, el de las grandes guerras, decían. Sus dos hijos pequeños ya no se entretienen con nada y se siente incapaz de disimular que la ansiedad que guardaba en su pequeño equipaje se le escapa por las costuras. El resto de su familia no pudo salir de Kiev, y ella nunca ha cogido un tren sola. Con la soledad amplificada por la de todos los que esperan con ella en la estación, con la rabia infinita de quien no puede asegurarles a sus hijos que despertarán mañana. Le sonríe a otra joven que acompaña a sus abuelos. Se dejan arrastrar por el tumulto que se agolpa camino del andén cuando suena el traqueteo del siguiente convoy. Los mayores se resisten a subir a ese tren. Eso es para ellos la estación de Lviv: el portillo por el que escapar de la metralla, pero también el abismo que asoma al fin de su mundo. Se giran y le preguntan a su nieta ¿quién les obliga a tomar ese tren?