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Fabiola Hernández

Con la mano, es decir, con los dedos, una persona bendice y maldice, pinta, escribe, llama la atención, elige…y vota. Decía Kant, que la mano es el cerebro exterior del hombre; ejecutan las órdenes que el cerebro diseña, aunque ya existen investigaciones neurocientíficas que se preguntan quién toma la delantera: el dedo o el cerebro. Dice el profesor Soler Gil, de la Universität de Bremen, Alemania, que mover un dedo al sentir el impulso de hacerlo, cuando no hay consecuencias graves relacionadas con este movimiento, es una acción tan irrelevante, y, por otra parte, incluida en tantos esquemas de conducta rutinaria archivados en el cerebro, que no debería extrañarnos si éste toma la iniciativa de la acción. Y todo en cuestión de milisegundos... Es el tiempo en el que se mide la comunicación entre cerebro y extremidades, aunque sus consecuencias puedan durar legislaturas enteras.  Es comprensible el tiempo y el esfuerzo que filósofos, psicólogos, críticos literarios y hasta quiromantes han dedicado a desentrañar la simbología de la mano; fueron ellas las que trazaron el camino hacia la autosuficiencia. La literatura creativa, religiosa, incluso científica, está llena de referencias a los dedos que los ligan al amor, la amistad, la familia, el poder. Tantas que parece mentira que solo hagan referencia a cinco miembros periféricos.

El escritor chino Feng Meng-lung, ya en el siglo XVII, recopiló la siguiente historia oral: Un hombre pobre se encontró a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejaba de las penosidades que atravesaba en su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El pobre insistió en que eran poca cosa.

-¿Qué más deseas? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro. Lamentablemente, ninguno de los dedos con los que nacemos el común de los mortales, tiene, desde luego, el poder de transformar la vida de los demás de esa manera ¿o sí? ¿Con qué dedo votaría Alberto Casero?.