“Doctor, desde que me tiño se me cae más el pelo”. Esta frase la escucho casi a diario en consulta. A veces viene acompañada de un gesto de resignación, como si el tinte fuera un pacto irreversible con el cabello castigado. Otras, de una confesión en voz baja, como si teñirse fuera un pequeño pecado capilar. Y entonces surge la gran pregunta: ¿teñirse obliga realmente a cuidar el pelo de otra manera… o es solo un mito?
La respuesta corta es sí. La larga, que es la que nos gusta en esta sección, es que teñirse no es malo, pero sí cambia las reglas del juego.
Cuando teñimos el cabello, especialmente si hablamos de tintes permanentes, lo que hacemos es modificar su estructura interna. Para que el color penetre, la cutícula -esa especie de “escudo” que protege el pelo- se abre. Esto permite el cambio de color, pero también deja el cabello más expuesto: pierde más agua, es más sensible al calor, al sol y a los tirones, y puede volverse más áspero o frágil.
Aquí aparece el primer error frecuente: seguir cuidando el pelo teñido como si no lo estuviera. Es un poco como cambiar de coche y seguir usando las mismas ruedas de invierno de hace diez años.
Un cabello teñido necesita, sobre todo, más hidratación y más respeto. No porque esté “estropeado”, sino porque ha pasado por un proceso químico que lo vuelve más vulnerable. Esto no significa vivir esclavizados por mascarillas eternas ni gastarse medio sueldo en productos milagro, pero sí entender algunas claves básicas.
La primera: no todos los champús valen. Un champú demasiado agresivo puede arrastrar el color y resecar aún más el cabello. Por eso, en pelo teñido buscamos limpiadores suaves, que respeten el cuero cabelludo y la fibra capilar. Espumar como si estuviéramos lavando una cazuela quemada no ayuda.
La segunda: la hidratación ya no es opcional. En un pelo no teñido puede ser un extra; en uno teñido, es casi un deber. Mascarillas, acondicionadores o tratamientos sin aclarado ayudan a cerrar la cutícula y a que el pelo recupere suavidad y brillo. El famoso “pelo pajizo” no es culpa del tinte en sí, sino del abandono posterior.
Otro punto clave es el calor. Planchas, secadores y rizadores son grandes enemigos del cabello teñido si se usan sin protección. El calor excesivo sobre un pelo ya sensibilizado acelera la rotura y la pérdida de color. Aquí, los protectores térmicos no son marketing: son sentido común.
¿Y la caída? Este es uno de los grandes miedos. El tinte no suele ser la causa directa de la caída del cabello, pero sí puede hacer que el pelo se rompa más y dé sensación de menor densidad. Además, el estrés capilar muchas veces coincide con otras causas reales de caída: cambios hormonales, estrés, déficit nutricionales… y el tinte se lleva la culpa.
Tampoco hay que olvidar el cuero cabelludo. A veces nos centramos tanto en el color que olvidamos la piel de debajo. Picor, descamación o sensibilidad no son normales y deben revisarse. Un cuero cabelludo sano es la base de un cabello bonito, teñido o no.
Así que, volviendo a la pregunta inicial: sí, teñirse obliga a cuidar el pelo de otra manera. No para sufrir, sino para entenderlo mejor. El tinte no es el enemigo; el enemigo es no adaptar los cuidados.
Porque al final, teñirse puede ser una forma maravillosa de verse mejor, de expresarse o de tapar canas sin complejos. Pero como casi todo en medicina -y en la vida-, requiere un pequeño compromiso: si cambias algo, cuídalo un poco más. Y tu pelo, créanme, lo agradecerá.
