Cuatro muchachas de unos veintipocos años, que no llaman la atención ni por su apariencia, ni por su vestimenta ni por nada en concreto. Simplemente se dedican a cantar. Lo hacen bastante bien. Eso sí, sus letras tampoco son nada del otro mundo. Su frase estrella es esa que dice: “Yo quiero que me dé un besito nada más”. Lejos de polémicas a las que son adictos muchos de los que copan las listas de lo más escuchado en Spotify, estas jóvenes canarias, que componen un grupo llamado Nueva Línea, van completamente a lo suyo. De hecho, parecen haber sido trasladadas del pasado al presente. Sus coreografías no van más allá de los cuatro pasos básicos de bailes latinos que hasta los más torpes somos capaces de ejecutar de vez en cuando. Podría decirse que son la versión low cost de cualquier verbena barata de pueblo. Pese a todo ello, son las reinas del momento.
Su música suena una y otra vez en redes sociales, ya han sido invitadas a eventos a nivel nacional y hay incluso quien las compara con Isabel Aaiún, que por el nombre quizás no sea tan conocida, pero que hace un par de veranos se convirtió en el himno del país con su Potra Salvaje.
Es curioso que en un momento de la historia en el que todo son métricas, se calcula todo al milímetro y son muchos los que buscan la fórmula del éxito definitiva, surjan de la nada fenómenos virales tan de andar por casa de un día para otro. Sin buscar nada, como si se tratase de la Lotería de Navidad. De repente la fama llama a la puerta y se abre un mundo hasta entonces completamente desconocido.
Y es que para lo de las chicas de Nueva Línea -quédense con el nombre, porque va a sonar- creo que no hay ninguna explicación racional.
El algoritmo ha querido que sean ellas y nada más. Hace más de dos mil años, los milagros se obraban con panes y peces para dar de comer a aquellos que pasaban hambre; ahora el tipo de alimento que necesitamos se encuentra al otro lado de la pantalla.
Su música suena una y otra vez en redes sociales, ya han sido invitadas a eventos a nivel nacional y hay incluso quien las compara con Isabel Aaiún, que por el nombre quizás no sea tan conocida, pero que hace un par de veranos se convirtió en el himno del país con su Potra Salvaje.
Es curioso que en un momento de la historia en el que todo son métricas, se calcula todo al milímetro y son muchos los que buscan la fórmula del éxito definitiva, surjan de la nada fenómenos virales tan de andar por casa de un día para otro. Sin buscar nada, como si se tratase de la Lotería de Navidad. De repente la fama llama a la puerta y se abre un mundo hasta entonces completamente desconocido.
Y es que para lo de las chicas de Nueva Línea -quédense con el nombre, porque va a sonar- creo que no hay ninguna explicación racional.
El algoritmo ha querido que sean ellas y nada más. Hace más de dos mil años, los milagros se obraban con panes y peces para dar de comer a aquellos que pasaban hambre; ahora el tipo de alimento que necesitamos se encuentra al otro lado de la pantalla.
