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Pero yo le tendría que haber dicho Pero yo le tendría que haber dicho

Pero yo le tendría que haber dicho

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José Iribas S. Boado

Hace ya tiempo me topé con una noticia que me dejó pensando. El titular decía: “Un avión da la vuelta para que unos abuelos puedan despedirse de su nieto antes de morir”.

Lo primero que pensé, con un punto de ironía, fue que no estaba claro quién iba a morir, si los abuelos o el nieto. Lo segundo, que la foto que acompañaba al texto mostraba el avión en pleno vuelo, ascendente, hacia arriba, lo que despistaba todavía más.

La letra pequeña aclaraba la historia. Una pareja de abuelos, a punto de despegar, recibe un mensaje angustioso: su nieto está muy grave en la UCI. Avisan a la tripulación y el capitán, en un gesto poco común, decide regresar a la puerta de embarque. Gracias a esa decisión, pudieron despedirse. El niño falleció al día siguiente.

Me imagino el valor de esos besos, de esas palabras que no se quedaron sin decir. ¡Qué importante es poder expresar a tiempo lo que uno siente! Y qué grande la decisión de aquel capitán, que antepuso lo humano al horario de vuelo.

Pensando en ello recordé a un conocido que, después de una discusión con cualquier persona, suele repetirme: “Pero yo le tendría que haber dicho…”. Tanto lo repite que bromea con que en su epitafio pondrá esa frase: “Pero yo le tendría que haber dicho…”.

Esa anécdota me sirve hoy para hablar de otra cosa: no precisamente de discusiones, sino de las palabras que tendríamos que haber dicho y nunca dijimos. Los bene-dictos, esas benditas palabras que se nos quedan dentro y ya no saldrán jamás.

Porque el tiempo no vuelve atrás. A veces, no hay capitán que nos devuelva a la “puerta de embarque” de lo que dejamos pasar. Lo único que tenemos es el presente. Y, sin embargo, ¡cuántas veces lo desaprovechamos!

Nos cuesta decir a los nuestros que les queremos. Pensamos: “Ya lo saben”. Sí, puede que lo sepan… pero ¿se lo decimos lo suficiente? También aplazamos el agradecer, el comprender, el pedir perdón. Y ese “otro momento” a veces no llega nunca. Voló y no volverá.

El riesgo es que el epitafio de aquellos a quienes queremos acabe siendo un “tú me tendrías que haber dicho”. Y entonces ya será tarde.

Conviene recordarlo con un poco de humor. A Groucho Marx le atribuyen en su tumba la frase: “Disculpen que no me levante”. Pero salvo para los cómicos, no hay epitafios ingeniosos que nos consuelen de lo no dicho.

Termino con una pequeña historia. Cuentan que un viejo dictador que, en otro continente, agonizaba y, desde su cama, escuchaba los vítores de quienes se agolpaban bajo su ventana. “Querido -le explicó su esposa-, vienen a despedirse”. Y él, medio muerto pero lúcido, murmuró: “¿A dónde se van?”.

Concluyo ya, fuera bromas: no esperes a que sea tarde para decir a los tuyos lo que tienes que decir. No dejes que tus palabras se conviertan en lágrimas retenidas.

Si tienes algo que expresar, dilo hoy. Dilo ya. Corre. Y, si hace falta, vuela.