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Magos Magos
Bykofoto/Antonio García

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Javier Lizaga
Pocos consensos nos quedan ya. Pocas madrugadas se disculpan mejor que la del día de Reyes. Poco importa si toca trasnochar, sea gestionando los últimos regalos o las últimas cervezas. Siempre ha sido una de las mejores noches. Quizá porque nos recuerda que todo está por pasar. Todo puede pasar, in dubio pro reo.  

La magia es una mentira colectiva y, al mismo tiempo, una ilusión compartida. Ni demasiado moderno ni viejuno. Simplemente unos tipos disfrazados, ciudades patas arriba, millones de kilos de caramelos que no comeremos. Todo tan ridículo que, como ocurre con los ritos y tradiciones, nos dan sentido. 

La magia, dice Barthes, es un enamorado preguntándole a la hoja de un árbol si cae o no cae, esto es, si le quieren o no. Aunque cuando caiga puede que él esté a otra cosa.

Nada más maravilloso que un regalo inesperado, nada más complicado que regalar cuando lo sabes todo.

El sentido de la vida quizá tendríamos que buscarlo ahí, mejor que en libros de autoayuda. Un niño que grita de felicidad, la tensión de romper un papel de regalo y la sorpresa de que eso sea para ti. El hecho de que lo hayas merecido, a ojos de quien sea. 

Explica Pau Luque que la imaginación tiene dos usos: usarla para completar lo que no sabemos de la realidad, para completar la historia. O imaginar como punto de partida y redondearla con un poco de realidad. 

“Llegar a ser quien realmente eres”, “las cosas son como son”, argumenta Luque, son tópicos que se repiten una y otra vez. 

No somos realmente de ninguna manera y cada vez que se convoca al tribunal de la realidad es más para contar cómo nos gustarían que fueran las cosas. “Las cosas como son” es una invención que sólo podemos deslindar, precisamente, con imaginación.  

No sé en qué momento descubrí que los reyes no son quienes parecen. Recuerdo, en cambio, algunos regalos de mi infancia y la ilusión que me dejaron a fuego. Quizá sea eso, la medida de lo posible, la imaginación cumplida, lo absolutamente mágico.