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Javier Lizaga

Tienen los días su arquitectura. Pequeña, imperceptible. Una abuela que cuida a sus nietos para que alguien acuda a una cita que le cambiará la vida. Un viaje para una entrevista de trabajo. Una llamada para saber cómo ha ido la operación. Abrir más tarde para renegociar una deuda en el banco. Confiar en que volveremos a cruzarnos con ella, porque estamos a la misma hora en el mismo sitio. Sin embargo, nadie los recordará. Los detalles que fueron montañas, la fortuna de cruzarse con ella, llegar puntual a la entrevista y sonreír, dar con el empleado de banca adecuado. Un golpe de suerte o de desgracia. Porque igual que la suerte, puede reinar el despropósito: un viaje calamitoso, el pesimismo que nos invade, una operación que se complica o un vuelva usted mañana en el mostrador. 

Con los años nadie se acordará de cómo sucedió. Solo de lo que sucedió. Incluso puede que ni eso. El que cambió de trabajo dirá ufano que acertó, sin acordarse de aquel viaje. Quien esperaba la llamada, esperará otra, quizá incluso de su padre, recuperado, que incluso no contestará ocupada. Quienes salvaron la tienda pensarán cómo organizan el próximo pedido. Todos inconscientes de que un día les pudo cambiar la vida. O quizá ni siquiera tanto. Solo hubiera empezado un cambio que podrían haber parado, o no. Nunca se sabe. Nunca se sabrá ya. Es como si una vez leído sólo importase el final. Hay quienes lo olvidan incluso, enfangados en nuevos relatos. Cómo van a recordar entonces las pequeñas victorias que nos hicieron cerrar los ojos y sonreír. 

Hoy miro a las galerías del recuerdo para hacer aleluyas de las elegías desconsoladas del ayer, decía Antonio Machado. ¿Será de verdad festivo julio? ¿Qué persianas seguirán subidas en marzo? ¿Qué planes tendremos en primavera? ¿Dónde volaremos en agosto? ¿Sonará la música en las plazas? Imposible conocer el final, cuando aun no se han escrito siquiera los detalles. Cuando todavía están por librar esas batallas, que perderemos o ganaremos, quien sabe. Nadie lo sabe aun. Era difícil que el primer aragonés del año fuera turolense, por mera probabilidad, y ahí está Nicolás, quien seguro me recordará. Soy 2021. Y lo primero que nos enseñan es que hoy es siempre todavía. Siempre un regalo.