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Javier Lizaga

Hay millones de ejemplos de lo maravilloso que es el fracaso. Enrique Meneses se fue a Cuba  detrás de una novia que lo plantó y ya puestos metió una cámara en una caja de whisky, la envió al bar de una aragonesa (así lo cuenta) en Santiago y escapó de todos los controles militares para hacer las fotos que descubrieron al mundo a unos guerrilleros que estaban en Sierra Maestra, encabezados por un tal Fidel Castro. Estuvo 4 meses haciendo fotos. De vez en cuando me obligo a releerlo. Tengo subrayado cuando dice que a diario salen licenciados de las facultades que no valen para nada. Y cuando se pregunta para qué servirán las fotos de gente delante de la Moncloa dándose la mano sin mirarse a los ojos, mirando a las cámaras.

Echo de menos desde el sábado que alguien nos explique el gesto de Trump, su negativa a aceptar que ha perdido. Si hemos sido capaces de tragarnos las hamburguesas del Mcdonalds, no dudo de que la politica española y europea acabe fotocopiando este recurso de peli de serie B, cuando el malo revive en plan zombi. En cualquier caso, solo me parece la evolución natural al estado actual: lo siguiente a vivir en campaña electoral 4 años será negar que la campaña acaba. De hecho no me extrañaría que Aznar cualquier día reivindique que nunca perdió las elecciones y que nunca tuvo bigote. Byung-Chul Han habla de la sociedad del cansancio: hiperactivos, hiperneuróticos y cansados de tanta actividad,  también de tanta información. Nos sale el Covid por las orejas. Deprimidos y atontados.

Cuando el mundo anunciaba que Biden había ganado las elecciones, Trump, el tipo al que quieren parecerse los ricos y Abascal, estaba jugando al golf. De tal guisa que su mensaje en redes “gane esta elección, por mucho”, puede referirse al palo del hoyo que estaba jugando. Circula una viñeta muy oportuna, Biden de espaldas llegando a un despacho oval hecho una pocilga. Hemos pasado de la búsqueda de la verdad a la indiferencia de “nada es verdad”, dice el periodista Ramiro Villapadierna. Aunque para mí lo peor no es que nos traten de tontos, Trump y muchos otros, sino que hagamos el idiota dejando que destrocen instituciones (nombrando jueces a dedo, con amigos dirigiendo la sanidad o la educación) que nos han costado años construir.  En Estados Unidos y aquí.