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Javier Lizaga

Le sucede ya en la luna de miel, Juan se queda sin futuro. Sin futuro abstracto que es “uno de los mayores placeres concebibles, si no la diaria salvación de todos: pensar vagamente, errar con el pensamiento”. Su nuevo “estado” le arranca con violencia algo que ni el presente puede, la mera posibilidad de divagar, de ensoñarse, de pensar que la vida y sus calles y giros son infinitos. Tan retorcidos esos giros que esta novela de Javier Marías sirve igual para evadirse que para vacunarse contra las cicatrices mentales que nos deja el covid.

Se puede regalar también el mar de Lidenbrock. Un inmenso mar subterráneo de arenas doradas y donde el final no alcanza a la vista. Las corrientes eléctricas provocan allí juegos de luz, a su lado un bosque petreo y los huesos de mastodontes y megaterios que asombraron a Otto Lidenbrock y Axel su sobrino. Su expedición al centro de la tierra fue uno de los primeros regalos en forma de libro que mi tia me hizo unas navidades. Tan imposible reproducir ese viaje como dejar de leer a Verne, aun con 40.

“Todos aquellos a quienes hemos amado, detestado, o conocido, o solamente entrevisto, hablan por medio de nuestra voz”. Este año tengo que leer a todo Merleau-Ponty escribe Emilio Renzi que es Ricardo Piglia en sus diarios. Pronto se advierte a sí mismo de que “son demasiadas las cosas que quiero hacer este año”. Las lecturas son más baratas que las cuotas del gimnasio y se pueden recuperar sin remordimientos en julio, en una playa nudista. Donde no te miran mal por leer. 

“Se ha sustituido el ansia de libertad por el ansia de seguridad”, advertía Sampedro en su “Escribir es vivir”, como para que le completásemos el título con un y “leer es soñar”. En 2005 ya nos advertía que a nuestros antepasados, esos que se montaron en un barco y cambiaron de continente, sin saber si quiera leer y escribir, o sabiendo pero en otra lengua, no les cuadraría eso de preocuparnos por que  nadie nos incordie en nuestro centímetro de mundo. 

Inexactas e imperfectas, cambiantes y algunas olvidadas,  siguen construyendo espacios comunes, como este en el que nos encontramos ahora mismo. Yo con mis ganas de pedirles que regalen palabras, que hagan a otros que sueñen en forma de libros y que no duden que la infancia es lo único real, que los mayores vivimos de ficciones.