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Narrar lo invisible Narrar lo invisible

Narrar lo invisible

Javier Lizaga

Podría decir que es mío pero el concepto es de la escritora y veterinaria María Sánchez, que a su vez lo tomó prestado de la portuguesa María Gabriela Llansol. La escritora lusa contaba que era en su jardín de Herbais, su casa en el exilio, donde, mientras cuidaba las plantas o leía, contemplaba los destellos que hacían que más tarde surgiera una palabra y comenzara a escribir.

Una narrativa de lo invisible donde las palabras parecen brotes que surgen de la luz.  La inspiración de lo cotidiano reside en la capacidad para asumir los privilegios diarios. El viajante puede vivir sus kilómetros como una letanía o una libertad condicional, el pastor puede dejarse acompañar por la naturaleza o ahogarse en el infinito, como el periodista puede transmitir sus ansiedades o disfrutar de sus horizontes.

Soy partidario de lo segundo. Así me ví un día escudriñando detalles: maderas mal cortadas, serrín sin barrer y puntadas en la madera, huella del paso descuidado de algun obrero recogiendo la herramienta. Éramos los primeros en subir a la nueva torre de la catedral.

Jose María Sanz, arquitecto y quijote mudejar, nos dejó una explicación que podría abrir un libro de Julio Verne: recorrer la torre es un viaje al siglo XIII. Con ese preámbulo, busqué en las paredes pistas. Hallé esbozos de arcos y rosetones, firmas de los años 50, dibujos a lapiz y billetes de lotería, que siempre certifican la pobreza. Con su “hemos limpiado y poco más”, Sanz y Joaquín Andrés disimulan que lo han cambiado todo para dejarlo igual.

Nada es como uno espera, ni siquiera el último piso de la torre de la catedral. Las campanas han tomado posiciones y el visitante tiene que esquivarlas musitando “perdón”. Ese es uno de los cambios gordos: vuelven a sonar las viejas campanas que daban las horas y los cuartos.

Allí arriba, uno piensa en cómo debieron avisar del incendio del ayuntamiento en 1950, en cómo se enteraría alguien desde allí de que habían descubierto América, o perdido Teruel, o en cómo ese entrañable y amabilísimo Jose Ubé, el último campanero, vería nevar decenas de veces. Escribir es como el arte de vivir cada día, apunta Jose Luis Sampedro, y nos recuerda que el arte es vivir.