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Javier Lizaga

Me las imagino diciendo “¡carallo!”, cuando la ambulancia que trasladaba a Rogelia y Concepción y su Covid a pasar la nochevieja al hospital de Os Gozos, pinchó la rueda, ya relaciona el refrán el gozo y el bache. Lo que pasó 10 días después interprétenlo ustedes. El caso es que Rogelia, supuestamente  fallecida y enterrada, apareció en la residencia de Xove por su propio pie, para patatús general. La resurrección de Rogelia, superviviente al Covid e incluso a la burocracia, implicaba que Concepción, su compañera de cuarto, había sido enterrada, con toda la pompa, pero en panteón y con esquela ajena. 

Me acordé de don José, un empleado del Registro Civil a quien Saramago convierte en revolucionario de los buenos. Un aplicado funcionario que un día pasa a falsificar formularios, peticiones y a buscar la historia tras un nombre, tras una carpeta olvidada. En la hazaña se encuentra con un pastor cuyas ovejas pastan cada noche en el camposanto que le confiesa que le encanta cambiar de sitio las lápidas. Lo hace convencido de que no hay mayor respeto que llorar por alguien que no se ha conocido. Don José amenaza con denunciarlo, por faltar al respeto a los muertos. “Lo que es sagrado es la vida, señor escribiente”, sella el pastor.

Don José contraviene el mayor orden posible, el de la muerte. Igual que Rogelia nos recuerda que, al final, seremos un nombre en un registro, muertos o altas. En estos días de Schettinos, ese capitán que explicó al juez que se había caído en una barca de salvamento por la inclinación del barco que se hundía, para ocultar la cobardía de su huida, dan ganas de recordar lo democrático de la muerte, que no mira ni cuentas corrientes, ni cargos, al contrario que algunos responsables de vacunas. 

Aunque no es nada nuevo. Un día asistí, hace años, a cómo todo un presidente de la Diputación perdía los papeles porque le llamaba “don Manolo”, desde Madrid. Y hay una amiga que asegura que había quien se ponía de pie, dependiendo quien llamara a la oficina. Donde hay privilegios, hay lacayos. Repugnantes ambos. Las revoluciones son otras. Las de los médicos que echan horas, las de los enfermos que ganan a la enfermedad,… Supongo que Rogelia explicará que lo peor no es la muerte, sino llevarla con dignidad. Pues lo mismo pasa con la vida.