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Javier Lizaga

Nada se parece tanto a la vida que viene como un reportaje publicitario sin rastro del producto anunciado. Agamben describe así lo para mí es quedarse con cara de gilipollas mientras te asalta la pregunta: “¿Pero qué me está vendiendo este tío?”. Me pasa a diario: la rueda de prensa del político de turno, una llamada de teléfono o un artículo que lees. Hay que ser feliz por imperativo categórico, y ayuda publicitar las desgracias ajenas, ninguna terapia como contemplar el fracaso ajeno.  Por último, siguiendo las pautas de Ingrid Guardiola, el pasado es una función de las redes sociales o una foto rescatada por el móvil. Aumenta la tecnología y crece la distancia.

Hace dos días nos contaba el flamante responsable de una empresa las hazañas de un nuevo sistema de teleasistencia testado en 11 domicilios de abuelillos turolenses. El avance consiste en plantar unos detectores de movimiento por toda la casa, puerta de la nevera incluida y seguir así los pasos del anciano o anciana. Si nos ponemos en lo bueno, alguien controla si tardas mucho en ducharte y, por tanto, puede que te hayas caído. Poniéndonos en lo malo, saben hasta la hora que cagas, si estás a la bartola o si almuerzas a deshora. Vaya por delante que soy poco partidario de controlar y menos a un octogenário. El corolario de la exposición vino cuando el responsable explicó ufano que les había llamado la atención la soledad. Lo habían descubierto por la conversación de una anciana con un asistente virtual. Es decir, se habían percatao de lo solas que están las personas en muchos pequeños pueblos porque una anciana estaba tan desesperada que había acabado contándole su vida a una máquina.

La vida es la nueva plusvalía, dice Melinda Cooper, para explicar esa economía que se basa en convertirnos en datos y adivinar cuando necesitaremos unas zapatillas o cómo reaccionaremos. O como reaccionarán los ancianos, es por su bien, ya saben. Me acordé también de Her esa peli donde un tipo se enamora de una voz virtual, que le acaba abandonando por su bien. Lo menos inhumano es a veces lo más destructivo. Del cambio climático a la soledad. ¿Cómo paramos lo que no es culpa de nadie? O igual lo es de todos. Quizá google les dé una respuesta mejor.