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Javier Lizaga

“A los primeros síntomas de primavera, llegan los jubilados a la Plaza de Armas de Santiago de Chile”, dejó escrito Nicanor Parra. Y así ante los primeros indicios de verano, llegan los niños y los veraneantes a los pueblos. Ya no molesta el despertador sino que es una provocación a no ser un pánfilo. Ya no pesan los lunes, las diez de la mañana dejan de ser tarde y las frases ya no comienzan con “tener que”, como los cuentos con érase una vez.

Siempre un retorno. Con quince años, la edad que divorcia las fabulas y la cruda realidad, Vargas Llosa sitúa al protagonista de Travesuras de la niña mala ante la orquesta de Pérez Prado y su primer amor, en el último día del verano “más fabuloso de todos”. 20 años después vuelve el protagonista de Mundo del fin del mundo de Sepúlveda al mismo sitio donde de niño se embarcó en un ballenero aunque esta vez como ecologista para parar a unos japoneses que cazan ballenas ilegalmente. El regreso como una promesa tan repetida que pierde credibilidad.

Verano es esperar destemplado a que acabe de tocar la orquesta y tu amigo se convenza de que otra verbena más, está tan solo como Eros Ramazzotti. “¿Qué hago acá? Si yo hace tres días me estaba drogando con una rubia en Barcelona”. Así empieza un cuento de Mairal que comienza con un escritor cabreado ante un autobus lleno y acaba con él mismo que viaja de noche en un autobus vacío y encantado de la vida, tras relatarnos sus desventuras. Quizá porque contar es profiláctico. Los hijos de los 80 hemos pasado de la silicona a la pedicura, porque, tan preocupados con el encuadre y la pose, y el móvil, hay quien se deja la roña cuando nos enseña sus piececitos en la playa. El mío se calienta, se llena de arena y tengo pánico a perderlo o a que me llame mi jefe para decirme que se han acabado las vacaciones.

Así anárquicas, desordenadas y sin sentido, espero que sean las suyas. Que les contagien las palabras, que se les cumplan los sueños, que no desperdicien nunca un verano. En el buzón del tiempo hay alegrías que nunca nadie va a exigir, apunta Benedetti. En su diario, un julio a finales de los 50, anota Piglia que la cuestión es vivir con la conciencia alerta y apasionados, porque a veces toda la vida está en juego en una mirada o una palabra mal usada. El que busca salvarse, ya está perdido.