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Javier Lizaga

Mi hija tiene superpoderes. Mi vástaga, como la prota del temazo de Leiva, puede trepar por las paredes, bailar en tu espalda y cualquier predicción es inútil. El objetivo de todo esto, ya lo saben, es que aprenda a volar. Como ya explicó el poeta Oliverio Girondo da igual que una mujer tenga una nariz que ganaría el primer premio en un concurso de zanahorias, en lo que hay que ser irreductible es en que sepan volar. Es un poema precioso.

Tenemos mucha suerte porque encontramos un sitio perfecto. Una escuela donde volando le enseñaron a contar, volando le enseñaron a hablar con lugares lejanos, volando se inventaron un mundo de letras, volando lo cerraron también. ¿Ústedes saben la alegría de mi hija cuando llegaba, como en una nube, contando sucesos fantásticos de las maestras? Y aunque costaba cogerla por los pies para que se sentara a la mesa, era maravilloso.  

Una vez cerrada la escuela estuvimos mirando hacia arriba, dibujando arcoiris. Primero asomados a las ventanas, ya pueden imaginar lo que es volar en un espacio cerrado. Después que sólo puedes volar una hora, rapidito y de la mano, volando volvíamos, y he de confesar que no tocaban los pies en el suelo de llegar tarde. Hasta su cumpleaños hemos celebrado con apenas 4 de sus amigos superhéroes y heroínas, suaves como una pluma. 

El otro día me embargó la emoción y sin pensar más le dije con una sonrisa: “¡Vamos a volver, lo que te prometimos se cumple, volvemos al cole!”. Y ahora ando preocupado. Veo echarse la culpa los unos a los otros, como si eso fuera la solución y no una excusa, imagino posibilidades y llueven pesimismos. Pienso que no será más fácil, pero tampoco más difícil, que el resto de actividades que han vuelto y creo firmemente que volar es un derecho. Ya he visto maestros dispuestos a escalar montañas. 

No quiero pensar como decía David Jimenez que a todo el mundo le importa un bledo la educación, salvo si tienen hijos. Como decía Pau Dones cuando le preguntaban por su enfermedad, “quiero hablar de vida”. Yo también. Quiero hablar de cómo, de qué hay que cambiar, pero ya vale de tener encerrados a los sueños. Hay que ayudarles a volar.