Seguro que conoces a algún metesillas o sacabancos. Yo aprendí estos términos gracias a Felisa, una mujer de las que ya no se fabrican. Ella los usaba para describir a quien se mete donde no le llaman, con esa mezcla de buena intención e inoportuna torpeza que acaba complicando todo.
Ayudar es una bendición. Pero ayudar bien es un arte. Y no todos lo dominamos.
Ahí tienes el chiste del chico que proclama orgulloso su “buena acción del día”: cruzó la calle del brazo de una anciana. Y cuando le preguntan por su hazaña, contesta tan campante:
- ¡Y no sabes lo que me ha costado, con lo que ella se resistía!
Pues eso: hay quien ayuda… molestando. Pero no vengo a hablar de ellos. Son minoría.
Molestan mucho más los otros: los que se escaquean, los que miran para otro lado, los que siempre tienen excusas perfectas para no arrimar el hombro. Y ahí, amigo lector, es donde nos duele el zapato como sociedad.
Vuelvo a Felisa. Esta buena mujer -que no nada precisamente en la abundancia- actúa al revés que muchos: en cuanto ve a alguien necesitado, cruza la calle. Pero no para esquivarlo: para llegar hasta él. Siempre lleva unas monedas “por lo que pueda pasar”. O mejor dicho: por quien pueda pasar.
Tan metida está en ayudar que un día, a la salida del supermercado, vio a un hombre esperando junto al escaparate con un jersey viejo, y le susurró:
- ¿Quiere que le saque algo de comer?
La respuesta la dejó tiesa:
- Señora, ¡que yo no pido! Estoy esperando a mi mujer.
Lo contó avergonzada. Pero esa vergüenza, bien mirada, es una medalla. Prefiero mil veces equivocarme por ayudar que acertar mirando hacia otro lado.
Y aquí va la pregunta que Concepción Arenal dejó para los siglos, y que sigue golpeando como un aldabonazo:
“¿Los pobres serían lo que son si nosotros fuéramos lo que deberíamos ser?”. Ahí lo dejo. O mejor, ahí lo dejó.
No falta quien teoriza mucho sobre justicia social… siempre que no afecte a su bolsillo. Gandhi decía: “Todo lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres”. Duro, pero cierto. Mandela hablaba de erradicar la pobreza como un acto de justicia. Y san Juan Pablo II recordó que no habrá paz mientras existan desigualdades sangrantes. No lo digo yo: lo dijeron gigantes.
Dar no es vaciar el trastero ni quitarse “sólo lo que estorba”. Dar es compartir hasta sentirlo.
Y hacerlo con respeto y hasta con afecto: mirando a los ojos, ofreciendo una sonrisa, estrechando una mano. Somos seres humanos. Y (y más en Navidad) deberíamos sentirnos (pues lo somos) seres hermanos.
Como decía la Madre Teresa: “Lo que hacemos es solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si faltara esa gota”. Tomemos nota.
Quizás no podamos solucionar el mundo. Pero sí podemos
-tú y yo- evitar convertirnos en sacabancos del compromiso o metesillas de la indiferencia.
Ayudar, cuando toca, nunca sobra.
No ayudar, cuando toca, siempre duele. Ponte en su lugar.
