I cheated myself
Like I knew I would
I told you I was trouble
You know that I'm no good
“Me engañé a mí misma,como sabía que haría.Te dije que era un problema,ya sabes que no soy ninguna santa”. Amy Winehouse
El otro día, en el parking de la estación, me descubrí celebrando una forma muy concreta de salud: la de no ser buena.
No ser la buena deportista. No ser la buena ciudadana que sube escaleras porque “hay que moverse”. No ser la buena mujer que bebe dos litros de agua, come cinco piezas de fruta y sonríe desde las seis de la mañana. No.
Ese día estaba esperando al ascensor, sin épica y sin propósito olímpico, cuando entró una chica repeinada, con la coleta tan tirante que los ojos parecían querer escaparse hacia las orejas, vestida de un blanco absoluto, ese blanco que solo lleva quien tiene un tablero de Pinterest llamado “Bienestar”.
Me miró de arriba abajo, evaluó mi outfit relajado, mi pelo despeinado, mi tiempo “desperdiciado” frente a la puerta metálica del ascensor. Hizo un cálculo rápido y decidió bajar por las escaleras para demostrarle al universo, y a mí, que ella sí, que ella es buena.
Llegamos a la planta -2 a la vez. Ella victoriosa, yo respirando normal.
Me miró y se rió, ese tipo de risa que no suena, pero se escucha: “Mira qué sana soy. Mira qué vaga eres”.
La entendí perfectamente. Sé cómo se disfruta de esa medalla olímpica a la competición más absurda del año.
Lo sé porque yo también he jugado a eso: quién es más eficaz recogiendo la mochila en el vestuario de la piscina, quién coloca más rápido la compra, quién se organiza mejor el menú semanal.
La entendí… y sentí alivio. Su sonrisa irónica me trajo una paz inesperada: ya no estoy en modo competición.
Subí al coche, puse música y avancé hacia la salida. Allí estaba mi atleta espiritual: había aparcado en medio del paso para poder pagar el ticket sin moverse ni un centímetro más del necesario, bloqueando a todo el mundo.
La confusión del bienestar, resumida en un minuto. Y pensé: igual la vida sana no está donde nos la venden.
Hemos convertido la “vida sana” en un campo de pruebas constante. Un lugar donde todo se mide: pasos, litros, horas de sueño, gramos de proteína, flexibilidad emocional, productividad amable. Hasta la calma tiene KPI’s.
La vida sana se ha vuelto una religión laica con sus propias penitencias: Bebe agua, Camina, Medita, Sonríe, No te enfades. No te compares... Y si fallas… eres una hereje del bienestar.
Y aquí está la gracia: la industria que predica la calma vive de que nunca la tengas. Necesita que siempre haya algo que mejorar, algo que optimizar, algo que corregir. Que siempre estés un poco defectuosa, un poco cansada, un poco “mal”, para que sigas comprando la promesa de llegar a estar bien.
¿Y si la salud real fuera justo lo contrario? ¿Y si la vida sana empezara por dejar de esforzarnos tanto?
Tal vez la verdadera higiene mental está en dejar de tratarnos como proyectos empresariales. En no convertir el cuerpo en un informe trimestral.
Quizá es más sano llegar tarde que llegar perfecta. Más sano descansar que proponerse retos inútiles. Más sano aceptar el caos que maquillarlo de disciplina. Más sano un croissant que un suplemento multivitamínico tomado a disgusto.
Y sobre todo, más sano soltar la exigencia de “ser perfecta” y darnos la oportunidad de canturrear “You know I’m not good”.
Like I knew I would
I told you I was trouble
You know that I'm no good
“Me engañé a mí misma,como sabía que haría.Te dije que era un problema,ya sabes que no soy ninguna santa”. Amy Winehouse
El otro día, en el parking de la estación, me descubrí celebrando una forma muy concreta de salud: la de no ser buena.
No ser la buena deportista. No ser la buena ciudadana que sube escaleras porque “hay que moverse”. No ser la buena mujer que bebe dos litros de agua, come cinco piezas de fruta y sonríe desde las seis de la mañana. No.
Ese día estaba esperando al ascensor, sin épica y sin propósito olímpico, cuando entró una chica repeinada, con la coleta tan tirante que los ojos parecían querer escaparse hacia las orejas, vestida de un blanco absoluto, ese blanco que solo lleva quien tiene un tablero de Pinterest llamado “Bienestar”.
Me miró de arriba abajo, evaluó mi outfit relajado, mi pelo despeinado, mi tiempo “desperdiciado” frente a la puerta metálica del ascensor. Hizo un cálculo rápido y decidió bajar por las escaleras para demostrarle al universo, y a mí, que ella sí, que ella es buena.
Llegamos a la planta -2 a la vez. Ella victoriosa, yo respirando normal.
Me miró y se rió, ese tipo de risa que no suena, pero se escucha: “Mira qué sana soy. Mira qué vaga eres”.
La entendí perfectamente. Sé cómo se disfruta de esa medalla olímpica a la competición más absurda del año.
Lo sé porque yo también he jugado a eso: quién es más eficaz recogiendo la mochila en el vestuario de la piscina, quién coloca más rápido la compra, quién se organiza mejor el menú semanal.
La entendí… y sentí alivio. Su sonrisa irónica me trajo una paz inesperada: ya no estoy en modo competición.
Subí al coche, puse música y avancé hacia la salida. Allí estaba mi atleta espiritual: había aparcado en medio del paso para poder pagar el ticket sin moverse ni un centímetro más del necesario, bloqueando a todo el mundo.
La confusión del bienestar, resumida en un minuto. Y pensé: igual la vida sana no está donde nos la venden.
Hemos convertido la “vida sana” en un campo de pruebas constante. Un lugar donde todo se mide: pasos, litros, horas de sueño, gramos de proteína, flexibilidad emocional, productividad amable. Hasta la calma tiene KPI’s.
La vida sana se ha vuelto una religión laica con sus propias penitencias: Bebe agua, Camina, Medita, Sonríe, No te enfades. No te compares... Y si fallas… eres una hereje del bienestar.
Y aquí está la gracia: la industria que predica la calma vive de que nunca la tengas. Necesita que siempre haya algo que mejorar, algo que optimizar, algo que corregir. Que siempre estés un poco defectuosa, un poco cansada, un poco “mal”, para que sigas comprando la promesa de llegar a estar bien.
¿Y si la salud real fuera justo lo contrario? ¿Y si la vida sana empezara por dejar de esforzarnos tanto?
Tal vez la verdadera higiene mental está en dejar de tratarnos como proyectos empresariales. En no convertir el cuerpo en un informe trimestral.
Quizá es más sano llegar tarde que llegar perfecta. Más sano descansar que proponerse retos inútiles. Más sano aceptar el caos que maquillarlo de disciplina. Más sano un croissant que un suplemento multivitamínico tomado a disgusto.
Y sobre todo, más sano soltar la exigencia de “ser perfecta” y darnos la oportunidad de canturrear “You know I’m not good”.
