Lo sé; lo sé. Hace tiempo que se lo debía. Y no, no creas que te trato de usted. Tú y yo tenemos ya mucha confianza, columna a columna… semana tras semana..
Hace tiempo que se lo debía a ellos. Y también a sus padres, a sus hermanos, a sus abuelos. A sus familias.
A quienes -como los anteriores- les quieren.
A quienes les apoyan.
Y, por supuesto, a ti.
Digamos que hace tiempo que os lo debía.
Hay una frase que llevo grabada en el alma: “El amor no cuenta cromosomas”. Porque si los cuenta… no es amor.
Aún quedan personas -cada vez menos llegan a ver la luz…- con esta u otra alteración genética. Los que más cerca he tenido… ¡mira que dan cariño y se hacen querer! Es un amor para siempre. Y gracias a los avances médicos, ese “para siempre” dura cada vez más.
Cuando convives con ellos, es imposible no quererlos.
Si las personas fuéramos máquinas de amar, algunos serían verdaderos tragaperras: tú metes un céntimo de afecto… y te devuelven montañas de alegría, de risas, de abrazos sonoros. Y no hay premio que se les parezca.
Hoy me han venido a la cabeza algunas de esas personas que, desde su fragilidad, sacan lo mejor que llevas dentro. Y he recordado que tenía que escribir sobre ello.
Me empujó definitivamente una historia que contaba Diego Contreras: la de Mélanie Ségard, una joven francesa con Síndrome de Down que presentó la previsión del tiempo en la televisión. Más de cinco millones de espectadores estuvieron pendientes de ella. Y no por la previsión del fin de semana: por ella. Por verla cumplir un sueño. Por compartir su ilusión.
¡Qué fácil es repartir felicidad cuando se quiere!
Y qué rápido olvidamos que, en realidad, son ellos quienes nos la regalan a nosotros.
Varias veces, tras una columna, me escribe alguien contándome por qué aquello le hizo bien. Pero lo que transmiten estas personas es otra cosa: una especie de sacudida suave, pero firme, que les sirve para recolocar lo esencial.
¿Personas con “problemas cromosómicos”?
Personas. Seres humanos. Como tú. Como yo. Con idéntica dignidad. Con idénticos derechos. Y con sus propias necesidades.
Y aquí añado algo importante:
Es posible y necesario aportarles apoyo.
Piden “un poco de amor”, dicen algunos.
Pero si los ves, el amor, el suyo, brota a borbotones. Son especialistas en abrazos que desarman, de esos que sólo ciertos corazones saben dar.
Termino. Y lo hago con una reflexión que vale más para mí que para nadie, pero te la comparto: Esta columna no es para entretener. Es para comprometer.
Para que tú y yo demos gracias por todo lo que se cruza en nuestro camino para darnos amor… o para enseñarnos a amar. Y para que, desde ahí, hagamos lo que esté en nuestra mano para ayudar a quienes lo necesiten: educación, empleo, compañía -¡cuánta gente sola!- o simplemente amistad.
Lo dicho: El amor no cuenta cromosomas.Ni debería contarlos nunca.
Si quieres ampliar tu información, te animo a visitar la web de la Fundación Jèrome Lejeune en España. Harás bien.
