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Funeral por Benita Gombrich

Javier Hernández

Siempre procuraba transmitir un cierto halo de elegancia, distinción, e incluso exquisitez, pero la realidad era bien distinta en la imagen de Diógenes Benedicto Gloroig y aunque fue catedrático a razonable edad, lo suyo era el lamparón en la camisa, el olor a perfume de oferta y la corbata ocasional infinitamente re-aprovechada como consigna.

El catedrático Diógenes Benediccto tenía una forma peculiar de gesticular, era en ocasiones de mesurada fineza y en otras procaz e incluso moderadamente grosero. Se presentaba como esos hombres versados en la sabiduría, aunque por momentos tenía frases y palabras de un burdo barriobajerismo que a los que asistían a sus aulas dejaba entre atónitos e indiferentes. A los primeros porque cuando estas cosas las contaban en el poble, nadie les creía. A los segundos porque las finuras y perfumes de los burdeles de la antigua Petra les traía sin cuidado, teniendo en cuenta que lo verdaderamente preocupante para este segmento es que su novia/novio no les obligara a ir a su casa a comer paella el domingo. Uno porque sería día de resaca y dos porque la paella de la otra parte era infame y salada y además el arroz siempre estaba pasado.

En el abstracto de que estos mundos sean politécnicos, literarios o conquistadores, Diógenes Benedicto gustaba de hacer provocaciones verbales, inofensivas, divertidas, algo arcaicas y generalmente trasnochadas. La vida era cómoda, sus charlas, sus negros escritores, su culto a la endogamia, todo el manual del Catedrático del siglo XXI se cumplía en palabra y obra; como santo y seña presumía de su familia arraigada en la ciudad y de su mujer que visto lo visto era como Teruel “abnegada y martir”, igual que la mujer del dueño del Harén o Gineceo que diría Paco Martín.

Decían los proclamadores, que son como una especie de altavoces programados que en cualquier Ente decadente que se precie ocupan papel con cierta preponderancia, que Benedicto custodiaba la creación más prolífica y fértil. Aquellos eran tiempos previos a la pandemia y se habían puesto de moda botellones, encuentros poligoneros, ritos de tequila y sal, además del cubata de toda la vida. En esas estaba su doctorante (que no docto) Néstor Cerezo de la Puebla la noche del 24 de marzo cuando buscando ligar con un universitario estudiante de Enfermería natural de Son del Puerto acabó en el polígono El Espinalt sito a escasos kilómetros de la ciudad, allí  triunfaba un garito inserto en una nave industrial que se llamaba Fular de medio lado, actuaciones, Drag’s y números musicales para un público entre bizarro y trianero. 

Copas, ligoteo, artistas plásticos, cirugías y literatos se daban cita en torno a luces rojas, cigarros y garrafón con refrescos de marca blanca. Algunos pensaban que el Fular de medio lado era el hito más alto de la modernidad, otros creían que era la última reminiscencia trasnochada de la movida madrileña. Para Néstor Cerezo de la Puebla era la gran oportunidad de meterle mano al futuro enfermero y quizás iniciar un deseado noviazgo de esos estudiantiles tan llenos de proyectos e ilusiones. El garito, escenario de las estrategias del doctorante, aquella noche tenía actuaciones musicales, algún numero picante y aseguran que en otro tiempo incluso hubo Coros y Danzas.

Pero el plato principal era la actuación de la supervedette Benita Gombrich, con números musicales que iban desde lo más granado del cuplé hasta la desgarradora copla pasando por la cuquería de temas que inmortalizara Celia Cruz. Dicen que si fue la luz, que si fue el alcohol, que si fue un cable mal conectado, pero cual rayo de Zeus, Benita Gombrich cayó fulminada en el escenario interpretando a Concha Piquer con el playback del Romance de la otra. Ante el revuelo, desmayos y humo cargado del local, el estudiante de Enfermería hizo valer su condición de “casi” sanitario amén de la de maño tenaz para saltar al escenario. Néstor Cerezo de la Pueblo hizo valer la de interesado en el futuro enfermero y de paso en lo ocurrido, tenía el doctorante gran historial acreditado de portera cotilla. La vedette yacía inerte, la impresión de los presentes es que su muerte era evidente, el alto porcentaje de maquillaje en sangre no ayudaba, no la tocaron pero sí retiraron la peluca chamuscada. Llegó la policía, lo identifico: Diógenes Benedicto Gloroig, catedrático de día, musa del lado oscuro por la noche. Los días siguientes fueron de enorme boato, homenajes, glosas y corrillos, casi 100 coronas floridas. Hubo frases hechas, esas tan típicas/tópicas que van desde el quién lo diría, el que no tenía un pastor alemán, hasta que llevaba hormonándose desde los 33 años. Al final vivió con la exquisitez de la endogamia del poder establecido, del lamparón en la camisa y la eterna corbata desfasada, y murió sin llegar a saber si en el firmamento poder tendría en una noche negra lo mismo que un pozo, y desconocemos si llegó a poseer el cuchillito de luna lunera, y lo más desgarrador, que nunca fue la més volguda i boniqueta que es venera en el altar.