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Javier Hernández-Gracia
El otro día fui a Pinilla (hacía mucho tiempo), jugaban el Teruel y el Ejea; supongo que la prensa de Zaragoza tildaría el partido de duelo aragonés, tal vez derbi, que como dice la RAE es un encuentro por lo común futbolístico entre dos equipos cuyos seguidores mantienen constante rivalidad. Personalmente no creo que la constante sea la rivalidad entre turolenses y ejeanos, tan solo por la condición territorial de aragoneses y ambos en esa categoría de nueva factura que ha creado la Federación española y que todavía tenemos que ver qué resultados ofrece y qué capacidad de enganche tiene.
Juego a parte, varias fueron las cosas que llamaron mi atención del partido. Por un lado el buen ambiente que se había citado en las gradas, afición entregada, nutrida y activa, lo cual es signo de alegría pues hubo otros tiempos que la foto plasmaba más cemento que otra cosa. Algunas caras eran conocidas, comprobé que los fieles a la causa lo son llueve truene o caigan chuzos de punta; en algún caso los años también se notan, pero claro, también dirán lo mismo de un servidor.
Pero sin duda lo que llegó a emocionarme fue la importante presencia de una chiquillería activa, animosa, educada y cómplice con su equipo. Maravilloso era contemplar a chavales que en la mayoría de los casos no habían cumplido los 10 años, ataviados con la simbología del Teruel, animando, gritando ese gol… gol… gol... en cada saque de esquina que el equipo lanzaba contra la portería del contrario, levantados aplaudiendo a sus jugadores, felices en los goles rojillos y presumiendo de ese equipo, con una actitud que en todo momento nos señalaba que su club es el Teruel y sus futbolistas favoritos son los del equipo de su ciudad; y poco o nada nos debe importar si viven en Valencia, Zaragoza o Palomar de Arroyos, visten la camiseta de su equipo, el equipo de esos chavales que dan una lección de apoyo y deportividad desde cada asiento.
Y si de favoritos hablamos, es evidente que la foto que acompaña este artículo habla con rotundidad; es el guardameta Taliby, quien encabeza tan emocionante clasificación. Esto me lleva a varias cuestiones, la más importante que los niños nos dan lecciones de todo tipo y muy positivas, se mueven por nobles sentimientos sin mirar todas las estupideces que los adultos pueden llegar a decir o hacer; un niño tiene la mirada limpia y el corazón más limpio aún y por tanto no entiende de alambradas de intolerancia, más al contrario, su deseo es aprender, conocer y su curiosidad es su mejor aliado.
El Teruel lo está haciendo bien, está siendo capaz de unir a los niños en su proyecto, y estos responden con su apoyo. Con esa imagen que tanto emociona y en la que muchos aficionados deberían reparar, alguno puede decirme con total libertad que cada uno repara en lo que quiere. Pero dicho esto, no está de más ver esa estampa de compromiso de los más pequeños, con un club que ya tiene 78 años de historia. Por eso doy tanto valor a la instantánea de estos aficionados con mayúsculas junto a Taliby porque esa imagen hace historia y bueno sería que se prodigaran más imágenes con más jugadores.
Probablemente, si miramos todo esto bajo un prisma cortoplacista no lleguemos a ninguna sacrosanta conclusión, la audacia está en mirar a medio plazo, en aceptar la lección de causa que todos estos aficionados de nivel pese a su temprana edad nos brindan; para ellos y visto lo visto el pasado domingo, Mesi, Benzema o el tic tac de Pedrerol no cuentan -es más, carecen de importancia- no son presos de la pesadez mediática televisiva; cuando hablan de fútbol es de Taliby y sus compañeros, porque ellos sí que son del Teruel y pasan frío como el resto, y eso les concede mucho más merito que al resto.