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Javier Hernández

Adolescencia primera donde la noche anterior es como todas las noches de la semana, la televisión, esa que entonces solo era una pero de calidad -lo que son las cosas- viernes noche, toca episodio de Sherlock Holmes, Peter Cushing como protagonista y Nigel Stock sublime en el papel del Dr. Watson. Los ingleses y sus magníficas series de finales de los sesenta que veíamos en España a mediados de los setenta.

Invierno, ese variopinto y generalmente gris invierno de la ciudad de Teruel, a veces hielo, a veces niebla y siempre frío; como todos los días a las 9.45, la banda sonora de cada mañana, las campanas de la Catedral, primero el tañer de esa solitaria campana, marcando ritmos de pasos y deambular de mujeres a la compra y trasiego en la plaza; es sábado, día de compras, y esta vez es más la gente local que la de los pueblos, aunque siempre hay llegadas a la ciudad para abastecerse de productos de los que el importante ultramarinos local carece.

Misa de canónigos, son las diez, por aquel entonces uno no sabía distinguir una misa de otra, el funeral y la boda sí, probablemente desde niños vamos llegando a esa diferencia por el semblante de los mayores, es así de sencillo y natural y luego como ponemos el oído a todo, vamos confirmando nuestras intuiciones. A servidor la Catedral de Teruel le ha fascinado siempre, contaba mi madre que un día salí de casa de mis abuelitos en Francisco Piquer con 5 años y me fui allí, y que mi hermana Pili me seguía a prudencial distancia, supongo que para que no hiciera ninguna trastada; el camino lo conocía porque mis hermanas estudiaban en el Sagrado Corazón por entonces colegio de enseñanza.

A mí el latín se me atragantaba en el bachillerato y no porque en el instituto no lo explicaran bien, simplemente no cogía rueda; declinar, conjugar y entender activaban una barrera defensiva infranqueable, pero como yo sí creo en eso de los renglones torcidos y como después de clase tocaba o bien repaso o música o partido deportivo o bien dibujo, pues entre dibujos coincidí con mosén Ángel Solaz en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Teruel, digo el nombre completo para que alguno sepa que ya existía antes, que no es un invento reciente ni mucho menos, ni obra de ningún supuesto gurú del arte con tendencia a situarse por encima del bien y del mal. Era hombre don Ángel con inquietudes artísticas de siempre, conviene leer sus publicaciones si gusta el arte claro; el caso es que entre trazo, difumino y trapo le comenté mi sufrimiento con el latín.

He tenido presente desde aquel momento aquella frase de San Agustín que me dijo sin que ese día entendiera ni principio ni final ad discendum quod opus est nulla mihi aetas será videri potest (No hay edad que me parezca demasiado tardía para aprender lo que es necesario). desde entonces los sábados por la mañana era un chico que recibía clases de latín del cura de la Catedral, aquel lugar que se tornaba oscuro después de la misa concelebrada por el Cabildo, aún hoy me emociona el recuerdo, las tablas del suelo donde resonaban las pisadas, la vela del óculo del retablo de Gabriel Joly, esa maravilla que tanto amaba ya y que luego tuve la inmensa suerte de tocar de cerca, y la inmensa puerta de la Sacristía, la primera sala en penumbra y allí la mesa y un flexo de los de toda la vida y don Ángel dispuesto a iniciar la clase. Y así sábado tras sábado, sosiego conocimiento y mucha didáctica, hoy en el recuerdo esa paciencia, ese trabajo desinteresado y también esas visitas guiadas al armario de la Catedral, a las Custodia y los cálices a la maqueta en barro de San Martín de la carroza del Corpus; tenía razón Cicerón en eso de ut sementem feceris, ita metes (Como hayas sembrado, así también cosecharás). Siempre he tenido esa conciencia de que no solo aprendí latín y vencí las declinaciones con la ayuda de mosén Ángel, me reafirme en que el camino del arte fuera mi camino, al menos uno de mis caminos, cuando sabes latín eres de los que sabe latín.

Solo puedo mostrar mi agradecimiento a su persona, a su bondad por todos los que superamos y entendimos que el latín es de esas materias que elevaba nuestra preparación en la vida, que saber más te hace justo y sobre todo a corto plazo te hace más feliz y en suma libre, viene al caso la advertencia de Seneca timendi causa est nescire, la ignorancia es la causa del miedo.