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Javier Hernández

La primera definición que el sacrosanto diccionario de la RAE hace de lo relacionado con lo extravagante es: Que se hace o dice fuera del orden o común modo de obrar

A priori se puede ser extravagante y buena gente, no quita una cosa para la otra; el tema es cuando de la extravagancia se hace modo operativo habitual.

Y eso es lo que en cierta manera le pasa a muchos medios y a gran parte de la política española; una estufa en lo extravagante alimentada con leña de las empresas periodísticas, “los grupos mediáticos” como definen ciertos sectores de la opinión pública.

Cuando lean estas letras (esperemos que también en la edición digital de este medio) por fin le habrán dado descanso a Isabel II, porque aún acostumbrados a la pompa, circunstancia y boato extravagante de la corona británica, convendrán conmigo que la información, retransmisiones y entradas en directo desde la city, han sido densas, en ocasiones cansinas y la mayoría de los casos repetitivas; cada recorrido del féretro de la finada, entraba en tal bucle de reiteración que algunas personas han debido pensar que en lugar de en su cuarto de estar, estaban haciendo cola para entrar en Westminster.

Y si reiterativa ha sido la noticia, no menos reiterativas han sido las imágenes; nadie conocía la Catedral de San Gil en Edimburgo -precioso ejemplo del gótico escocés- y ahora hay una fiebre por visitarla; esta desconocida Escocia nuestra de cada día, que tan visitable es y que tanto amaba la fallecida Reina, algo que también ha sido repetido hasta la saciedad de un espectador, que en muchos casos era feliz viendo el estandarte de la reina, en sus versiones escocesa e inglesa, que las hay; la corona real escocesa, la imperial británica, el cetro el orbe y las filas de británicos con destacada gente guapa como David Beckham, tan británico él. Sin duda el yerno que toda inglesa de buenas costumbres y receta de pudin quisiera tener.

Pero sin duda la pirueta política de lo extravagante más extravagante, no se dio en Londres, se orquestó en Madrid, sí ese Madrid, castizo, chulapo, ombligo del mundo, una capital muy capital que algún satánico quiere quitarle cosas de capital. Un Madrid que si es cierto tiene un toque de calidad en cuanto a reinonas de oro, Kika Lorace sin ir más lejos; fue otro segmento el que hizo de Madrid duelo y extravagancia, fue Isabel Díaz Ayuso, que no es reinona ni de lejos, ella es presidenta y pensadora suelta y no suele juntarse con la nobleza de Chueca; y es que la lideresa de lo extravagante decidió así como es ella, declarar tres días de luto oficial por la jefa de los Windsor -ahí es nada- ella que no tiene competencias en el tema, ella que se supone que custodia el depósito de las reservas de la patria que sigue sobre el azul del mar y el caminar del sol, olvidando lo de la pérfida Albión, olvidando Gibraltar, y esa negativa real hispana a ir a la boda de Carlos ahora el tercero de los británicos y aquella Lady Di, tan princesa del pueblo y tan leyenda, porque ambos comenzaban su luna de miel en el Peñón.

Nadie le contó a la lideresa de la verborrea y las salidas de pata de banco lo de Massiel en el 68, y aquella narración de Federico Gallo, se había ganado a Inglaterra en casa, en los mismos bigotes de Buckingham Palace, con españolismo y una letra inolvidable que eran capaces de cantar todos los europeos sin necesidad de traducción alguna.

Si es que la extravagancia es como las pipas, empiezas y ya no paras, y al final lo justificas todo, defiendes el sagrado vinculo del matrimonio porque lo que Dios ha unido ya se sabe, pero como diría Machado, luego pones sordina a los desvaríos, sobre todo a los de Campechano I, y es que no hay nada como ir a los entierros con tu santa de toda la vida, aunque lleves fuera del vinculo más décadas que los Rolling en los escenarios. La extravagancia ha venido para quedarse, tal vez todos acabemos con un vestido estampado y extravagante, solo se me ocurre elegir mi propia realeza a la que admirar. ¡Dios salve a Scariolo!