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Javier Hernández
Confieso que escribir estas líneas cuesta, cualquier acto de la vida cuando la tristeza te inunda cuesta un mundo, ahora mismo me inunda el desconsuelo. Despedir a Sionin Caus Pertegaz me duele, y sin embargo mi mente se detiene en esa sonrisa como gesto característico, el semblante risueño de esa eterna niña que correteaba por las calles de Olba en esos veranos de río y sobra, de sol en la calle Mayor y fresca en noches de cielos limpios y estrellas rutilantes. Las tres hermanas, Dione, Sionin y Elisa y los abuelos Julio y Elisa y Olba, siempre Olba.
Y es que los conceptos Olba y Pertegaz van permanentemente unidos hasta ese punto donde la magia es tan poderosa que en la mayoría de los casos se torna incomprensible. Sionin era el ejemplo más plausible de ese vínculo, su casa de Olba su territorio de felicidad, sosiego tranquilidad, paisaje, todo eso a lo que ella siempre respondía con una sonrisa de que transmitía felicidad, una sonrisa resplandeciente, una mirada cálida, ya fuera acto oficial, acontecimiento o paseo por las riberas del río Mijares, sonrisa desde lo socialmente importante hasta el pequeño momento de paz, así es el corazón cuando orquesta la personalidad.
Su pueblo y su tierra siempre; sus veranos a la orilla de ese prodigio que es el río Mijares, días de valle feliz y jueves de visita a Teruel, la ciudad agradable como ella decía, la ciudad que la escuchó agradecer el título de hijo adoptivo para su tío; cuando los años impedían al gran Manuel Pertegaz viajar con la soltura de otros tiempos allí estaba su sobrina, allí estaba Sionín, eso sí, como siempre me recordaba
-mucho calor- ya se sabe que julio mezcla en Teruel jornadas sofocantes, esporádicas, pero intensas.
Y en este momento donde todavía cuesta ordenar las ideas, emerge Guillermo la persona que ha estado ahí, la compañía complice. Perdí hace tiempo la cuenta de aquella frase tantas veces repetida por él “Si de mí dependiera nos quedaríamos a vivir en Olba”. Y lo decía con el corazón en la mano, con la rotundidad de ver la felicidad en los rincones, esos paseos plenos de serenidad, quietud y valle. Por eso, cuando alguien como Guillermo tan curtido en la gran ciudad, en ese de aquí para allá, te ejemplariza todo lo importante que aporta nuestro territorio, debemos escuchar y valorar la magnitud de nuestros entornos, sabernos afortunados y alegrarnos de ese efecto de bonanza que produce en las personas.  
Miro fotos y todavía me parece irreal, me produce tristeza, mucha tristeza. Recuerdo con especial cariño, la inauguración de la exposición en Catalunya, recuerdo esa charla en Sant Jaume, tantos recuerdos, la risa cuando me recordaba “Javier estás en el mismo hotel donde se alojó Guillermo y su familia el día de nuestra boda”; y aquellas fotografías del acontecimiento, con aquel maravilloso vestido –cómo no- si de aquellas brujas manos de Manolo ha salido tanto bello encantamiento cómo no iba a salir algo prodigioso para su sobrina; lo hizo en tres ocasiones, puesto que sus sobrinas eran pieza fundamental en la vida de Manuel Pertegaz.
Continuarán los veranos, el Mijares tejiendo música con el viento del Valle de Olba, extrañaremos tu sonrisa, tu calidez y la tierra añorará tus paseos. Nos quedan las fotografías, los recuerdos y el inmenso placer de haber compartido momentos humanos que son los mejores. Abrazamos y admiramos a Guillermo y a Dione y Elisa. Sabemos que la suave brisa del valle feliz hoy viene cargada de lágrimas, pero nos queda ese hilo que nos cose con el recuerdo y la consciencia de haber visto sonreír a Sionin en Olba y con nosotros, y eso nos acompañará siempre.