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Javier Hernández

Pido permiso a Gardel y Le Pera, para dar título a este recorrido, por calles, recuerdos y sentidas reivindicaciones; y es que el tango como pocas cosas en la vida, tejen lo vivido. El Arrabal turolense, ese espacio de historia, antigüedad, de facetas eternas, de gentes con oficio, de labradores y artesanos, de tiempos mejores y peores, de emprendedores y me reiteraré en lo de historia y mucha.

Nace el Arrabal casi en paralelo a la fundación de la ciudad, lo hace en su costado este, frente a la principal puerta de la muralla, un trazado principal donde prácticamente intacta permanece la calle Mayor. Su traza contempla miles de familias a lo largo de los siglos, de oficios que forjaban dinastías, de comercio y defensa, porque pocos saben que el Arrabal también estuvo amurallado; pasan los siglos, el campo da cosechas a golpe de arado y riegos de sudor, de pajares que al sol se fortifican como otra muralla de mies, tardes de julio de trilla y trillos, de sombrero de paja y botijo de frescura y también de botella de cazalla.

Ese Arrabal de olleros y herreros, en el que hemos conocido peroles de arrimar, aliagas y carbón, y de paso lento de carros y caballerías, de herraje y cántaros cuando el agua corriente era más de esfuerzo que corriente. El Arrabal y sus fuentes, sobre todo la Fuentebuena, esa que alguno y alguna que no lee lo suficiente llama ahora fuente del Deán, así asistimos a un doble hurto, el del bien hurtado y el de echar una palada de tierra sobre la historia veraz, aquella fuente que da nombre a una de las vías más importantes del Arrabal y que conocimos en el Santo Cristo a la izquierda de las escaleras, resulta que ahora se consagra como fuente del centro de toda la vida, ninguneando una vez más la parte de la historia del que es el segundo foco más antiguo de la ciudad, del barrio que tiene páginas de semblanza que cuando se conocen emocionan; calles donde han convivido el cáñamo y la lana, de plazuela de carpintería y zapatero, de carnicerías y comercio, de artesanos como el Tubo, capaz de hacer pilas y fregaderos que pronto entrarán en la cotización de esa artesanía valorada por extinta.

Ese Arrabal que acogió en su Yecla, guiñotes y tratos, incluso jotas y cuplés, y en la transición fue sede del legalizado Partido Comunista de España, calles de colores como cristales que forman parte de una trasluz que lleva alumbrando siglos de gentes con pasado, con sonrisas y algunas lágrimas, así es el pasar por la vida. Arrabal de trigo y panadería, tres conocimos y no hace tanto, la Nevera, la de Mesón de Játiva y la de la calle Vírgenes.

El tiempo pasa, lo dicen los tangos y las coplas, aquellos que recuerdan las historias envejecen, pero se emocionan cuando las cuentan; es imposible en estas nombrar a todos, y todos son importantes construyendo memoria. La mía de niño tiene presente a buenas personas, gente educada, que han hecho de esas calles recuerdos de una infancia impecable, cómo olvidar a Orfelina y cómo me cogía en brazos y me sentaba con inmenso cariño en las cestas apiladas del pan vendido, a Antonia la Pedretas, a Joaquín el de la zapatería, a Benita y sus peroles, y las dos pesetas que costaba una hucha para guardar sobre todo pesetas y monedas de dos cincuenta, que duros había pocos; cómo olvidar a Mariano el Chón y sus cuatro latas amarillo y ese hacer de mármol de un lado a otro, a Evaristo y Mari, gente buena y emprendedora, el salero es un frasco pequeño; y los kioscos, recuerdo a Daniel, vagas imágenes, y luego su viuda Aurora trabajadora y madre coraje capaz de sacar a su familia adelante, admirable sin duda; y a mi amigo Paquito, esa saga de practicantes, abuelo, padre y nieto.

Historias que barro a barro, yeso a yeso, a golpe de parva y trillo ha hecho versos, de un trazado con rango de Bien de Interés Cultural y una histórica desatención municipal, ni mobiliario acorde a la historia, ni cuidados más allá de los obligatorios; ni siquiera en el callejero se tuvo un mínimo sensible al despachar con una sopa de letras del abecedario para los Arreñales del Portillo, hermanados en ese aspecto con el Carrel y la Urbanización Laguía.

El patrimonio histórico pierde frente a la barra, el grifo y la cortedad mental, ejemplos recientes cimentan esa realidad. Arrabal presente con impresionante pasado y esperemos que con un futuro de reconocimiento que a fuerza de sueños es merecido. Quiso el destino acoger en su alma a Monguió y el Modernismo, hoy custodiando documentos que son historia trascendental, a Vedel y el Renacimiento transportando agua, el Mudéjar tardío en La Merced y un pica en el centro llamada San Miguel.

Pero sobre todo gente buena, que con trabajo y experiencias hicieron alma y Pascua de Pentecostés y una espiga de sonrisas. Pido pues prestado al tango de Gardel el sentimiento para expresar mi devoción: “Viejo barrio, perdona si al evocarte se despierta un lagrimón que al rodar en tu empedrao es un beso prolongao que te da mi corazón”.