Síguenos
Javier Hernández

Crecimos escuchando refranes para cada acción, no solo en lo referente a las cosas de críos, también a los distintos aspectos del día a día. El refrán daba consistencia a la conclusión y a la vez se convertía en un máster de un segundo que abría mentes. Cualquier tiempo pasado fue o no fue mejor, eso es discutible, como lo de arrimarse a buen árbol; yo lo hice en Rubiales con 5 años en un domingo familiar y campestre y me pringue de resina; la bronca de mi madre por el estado del pantalón y manos me retumbó durante semanas; yo era un niño inquieto, lo dejaremos ahí.

Ahora más bien soy socio refranero del club “Al que cierne y masa de todo lo pasa”, esperando que sea todo bueno o muy bueno lo que pase, lo mejor y lo peor. Muchas veces son cuestión de un segundo las decisiones que cambian una acción de vida, trabajo y demás, las más de las veces dura un segundo. Elegir el vestido con el estampado horroroso tiene esa fracción de tiempo, otra cosa es salir todos los días con ese tipo de modelo a la vida pública; el cambio es entonces absolutamente diferente a la medida de tiempo; sin más, es que tienes mal gusto y tu armario en sencillamente pavoroso, y además no te dejas aconsejar teniendo materia entendida en tu alrededor y es que no hay más invidente que la que no quiere ver.

Para ciertas cosas ni el tiempo ni los refranes son el sortilegio que todo lo arregla, es más una cuestión de voluntad; hay voluntades abiertas y otras no tanto, las abiertas ven oportunidades en todos los aspectos que ciudad, historia y personajes aportan, esas oportunidades generan conocimiento, por ejemplo turismo y por tanto riqueza y están más en consonancia con la tendencia frecuente esa que se sintetiza en lo de mundo global. Por otro lado está el ejemplo contrario, quien aparte de tener un armario cargado de pavor apuesta por el tranquilismo, ya sé que esa palabra no existe pero me viene como anillo al dedo para situar al personaje, al final este tipo de persona humana acaba descubriendo sus cartas, que no son otras que las que indican que prioriza en su yo más amplio y acaban con ese refrán tan certero en el que se asegura que cada uno cuenta la feria como le va.

En los últimos quince días confieso que he ido de Pascuas a Ramos, el arte tiene esas cosas; hoy una conferencia, mañana un monolito, el otro día nueve esculturas, en un rato un artículo. Pero es que con el tiempo y la paciencia se adquiere la ciencia y si no toda la ciencia por lo menos una poca, la suficiente, más que para enseñar para aprender que es lo que a mí me motiva; muchas veces las personas creen tener una vida ordenada y para sus parámetros así puede que sea, la incertidumbre aparece cuando tildan de desordenada la de los demás porque no se asemeja en nada a la suya; sobre entendederas ni la ciencia sabe bien para donde tirar, en cualquier caso más vale llegar a tiempo que rondar un año, sobre eso me da que sí hay ciencia cierta. Cada persona se relaciona con reciprocidad en su entorno reducido y a la vez en uno más amplio, es decir que podríamos decir que familia, comunidad de vecinos y ciudad son parte importante de esos cambios de plano sin necesidad de hacer kilómetros a sabiendas que como he dicho varias veces en estas líneas más allá de Javalambre hay vida y eso no forma parte del rico refranero universal.

En concluyendo: ¿Aprovechamos como sociedad las oportunidades? En lo referente a eso que se llama modernidad no lo tengo nada claro, a estas alturas de la trama Adso querido ya sabemos que el tren es una mierda, que la provincia está despoblada que estamos ya en los suburbios del abismo nunca mejor dicho; ni hay acuerdos de gran calado ni voluntad de hacerlos y, si se me permite, no hay gente capaz de prepararlos, negociarlos y trabajarlos. Al final qué más da tener oportunidades sin quien las tiene que aprovechar carece de conocimientos, voluntad o le atenaza el miedo de perder lo conseguido. Tal vez hay que entender la aspiración de quien siendo más corto que las mangas de un chaleco, ha situado su espléndido culo en un sillón de robusta madera de haya lacada al gusto de la institución. Al final, aprovechar el bagaje que te permite levantar la mano y competir en la escena global puede que sea cuestión de un segundo, y el refranero no ayuda porque sabido es que el aragonés piensa bien pero tarde, amén de que sea fino y después de comer tenga frío, pero ese es otro cantar.