Era el día de reyes, y Rey Mago era el nombre de la res. Se retiraba, en la México, Rodolfo Rodríguez, El Pana. El último bohemio del toreo. El Brujo de Apizaco citaba al toro en las tablas. Rey Mago arrancaba y El Pana clavaba un par de Calafia antes de enseñar al orbe taurino lo que era irse con torería de la cara del toro. Con esa rabia contenida de la oportunidad negada durante tanto tiempo, hasta el día de su retirada. Dejó la pincelada de personalidad en el brindis del último toro de su vida, ese que dedicó a aquellas que saciaron su hambre y mitigaron su sed cuando El Pana no era nadie. Cuajó la faena despacio, con esa figura suya, tan peculiar. Dejó ese trincherazo bajo, despacioso, suave. Eterno. Pintó aquel remate y se desprendió de la muleta, consciente que no había en muchos museos tanto arte como el que aquel paño de tela roja había dibujado. Dio la vuelta al ruedo, sabedor de que la plaza México, la más grande del mundo, se embebía de su magia. Una plaza que se deshizo las manos en la ovación que le tributó. Toreó tan despacio aquella tarde que, tras cortar las dos orejas, la retirada se volvió resurrección, y el Pana volvió a vivir una época de esplendor.
"Para cerrar ese capítulo romántico de la vida del toreo me gustaría morir como Manolete", le dijo a Jesús Quintero en una entrevista. Y se hizo lo que se pudo. Sufrió una grave cogida en Lerdo en mayo de 2016 de la que murió quince días después, a la par que nació la leyenda.
"Para cerrar ese capítulo romántico de la vida del toreo me gustaría morir como Manolete", le dijo a Jesús Quintero en una entrevista. Y se hizo lo que se pudo. Sufrió una grave cogida en Lerdo en mayo de 2016 de la que murió quince días después, a la par que nació la leyenda.
