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Los mayores en las residencias: así están viviendo la dura pandemia del Covid-19 Los mayores en las residencias: así están viviendo la dura pandemia del Covid-19
Los turolenses Ofelia, Pedro José y Miguela, de izquierda a derecha

Los mayores en las residencias: así están viviendo la dura pandemia del Covid-19

Son los que más restricciones sufren desde marzo y resisten estoicos y con esperanza

Por Ana Moreno Marín

Hablar con ellos es aprender de la vida, es disfrutar de esa sabiduría que hace poso y que sabe sacar una sonrisa a pesar de la dureza de unas medidas impuestas para salvaguardar su salud. Han construido la España que hoy disfrutamos, son nuestro pasado y también nuestro presente, aunque su voz no se oye, ni parece que importe. 

Los mayores en residencias son, sin duda alguna, los que mayores restricciones tienen: sin salir, con visitas cronometradas y a distancia, con confinamientos temporales en sus cuartos, sin apenas vida social y sin abrazos. Aunque los trabajadores de las residencias hacen todo lo posible por colmar de cariño esos vacíos. Un trabajo encomiable también poco reconocido. 

Pero, ¿es esa la realidad? Este es el resumen de la conversación con cinco personas mayores en dos residencias distintas de Teruel y Barcelona para conocer cómo están viviendo la pandemia del coronavirus.

Miguela Torán, 88 años, Teruel

Lo de Miguela es para estudio. Hablamos a través del móvil gracias a una videollamada. Menos mal porque si no, no podría ver su eterna sonrisa. Cualquiera diría que no sale de la residencia desde marzo: “Estamos muy bien de todo, no levantamos, desayunamos, nos lavamos, pasamos todo el día en la residencia y no tengo palabras para decir lo bien que estoy”. Lo dice a la vez que reconoce que es muy camandulera, le encantaría dar una vueltecita y ponerse a hablar con alguna amiga hasta que les sorprendiera la hora de comer.

“¿Pero está bien?”, le pregunto. “Bien, no vamos a ir al baile tampoco”(risas). Se rompió la cadera y su hijo le trajo para recuperarse. “Me parece que va a ser la última casa que estreno”, dice con sorna. 

Aunque Miguela reconoce que le encantaría salir ese ratico, está bien en la residencia donde tienen un jardín precioso sin igual en Teruel. “He conocido la guerra y ha sido muy mala, hemos tenido piojos, pulgas, hemos dormido en pajares y hemos visto matar al personal, eso por encima de todo. Entonces se robaba, se mataba y ahora, aunque tengamos el virus, se vive mejor”. 

Nuestros mayores realmente están hechos de otra pasta. Quizás por ello Miguela anima a obedecer, tener paciencia, trabajar y seguir adelante.

Ofelia de la Tienza. 83 años, natural de Villel

Este verano no ha habido visita al pueblo para Ofelia. Allí pasaba unas semanas con su familia. Unos pocos kilómetros separan Villel de Teruel, pero el coronavirus lo ha hecho imposible. 

Reconoce que le cayeron lágrimas: “Tenemos que estar aquí encerrados aunque nos cueste. Aquí llevo dos años, pero esos días en el pueblo estaba muy a gusto. Me duele muchísimo no poder estar con mi hija, ni abrazar a mi nieta, que siempre me lo dice. Pero no se puede, conque habrá que aguantarse”, reconoce con resignación. Además, han pasado una situación familiar triste y ha sido muy duro. 

En la residencia tratan de que estén animados, que les dé el sol y hagan actividades. “Trabajan mucho, nos quieren, siempre están pendientes”, asegura. Le pregunto: “¿Los políticos se acuerdan de ustedes?, ¿se sienten tenidos en cuenta?”. “No –responde, los políticos solo se acuerdan de nosotros cuando tienen que pedir el voto, cuando tenemos que meter el papel en la urna. De alguna manera sí siento que nos tienen de lado. Espero que esto pase pronto, soy optimista. Vendrán tiempos mejores y espero poder verlos”.

Pedro José Rubio. 68 años, Teruel

El turolense Pedro José Rubio ha  recorrido media España aunque es de Visiedo. Dice que se amolda a todo: “Antes me pegaba una hora paseando, me tomaba un carajillo y estaba más tranquilo. También era muy prudente”. Tiene a la familia repartida por España y la mañana que hablamos ha estado con su hermano. “Todos tenemos que sentirnos parte de la sociedad –explica–. Creo que se han pasado un poco, las personas mayores hemos sido responsables y hemos dado ejemplo. Acato las normas, pero no las entiendo”. 

A los políticos, sean del signo que sean, les pide que no miren solo por ellos y su partido, sino que cooperen y se pongan de acuerdo por una vez para trabajar juntos en un caso como este. “En política no he conocido una cosa como esta”, añade. Lleva en la residencia un año y medio y reconoce que estar encerrado es muy duro.  Y mientras se emociona, añade entre risas que está pensando en hacer una gatera para escaparse… “No me siento un héroe, sino un superviviente”, concluye. 

Ricardo Lorente. 74 años, Barcelona

Ricardo Lorente, de Barcelona, un “afortunado”, un billete de ida y vuelta a la diálisis le permite salir de la residencia tres días a la semana, pero no le sale “gratis”, se encuentra en la zona de aislamiento, es decir, no tiene contacto con otros residentes: “Solo los veo por el pasillo. Antes estaba en la sétima planta, me levantaba, me duchaba e iba a desayunar, comer y cenar con el resto de residentes, ahora lo hago todo en la habitación. No tratar con ninguno de ellos es lo más duro”.

Olvida esa soledad a base de teclear sus pensamientos en una máquina de escribir antigua, encendiendo la tele, leyendo o haciendo gimnasia. Pasó el virus en marzo, pero fue asintomático: “La vida te va enseñando siempre. Nunca había conocido una enfermedad tan mala, que se está llevando a mucha gente, como ocurría en la Guerra Civil”.

Tienes que vivir día a día, sin pensar en el mañana, porque no sabes si este virus te coge y te mata. Trato de vivir en positivo y mañana, si llego, un día más y así sucesivamente. Y si son 15 o 20 años ¡pues cojonudo!” (risas). Ricardo cree que estarán así hasta marzo del año que viene como pronto, por eso pide a los que están “fuera” que cumplan las normas, porque si nos las saltamos a la torera “pasa lo que está pasando: que el virus va creciendo”, concluye.

Carmen Vargas. 84 años, Barcelona

Carmen Vargas sabe muy bien  lo que es caerse y volverse a levantar, literalmente. Hace tres años una mala pisada le rompió tres cervicales. Ahora no puede caminar, pero nadie lo diría por su actitud. “Lo que peor llevo es no poder abrazar a mis hijos y mis nietos, irnos a comer juntos, tomar un cortadito…”. 

Desde hace seis meses no ve a sus tres hijos, que viven en Madrid. Las videoconferencias semanales de entre 10 y 15 minutos le dan la vida, porque “si los ves, sabes cómo están y te quedas más tranquila”, explica. 

Recibe la visita del hijo y los dos nietos que viven en Barcelona. Media hora que se hace corta y siempre a través de un cristal: “El contacto físico está prohibido, el personal es muy mayor y lógicamente podría hacer mucho daño si entra ese bichito”, explica. 

Lo más parecido a la calle es la visita a la terraza donde hacen actividades sin mezclarse con otras plantas del centro. “Jamás en mi vida he visto algo como esto”, añade. Los meses van pesando y reconoce que le salva la lectura y los concursos de la tele. “Hay que aguantar, esperar que pase y quenos podamos abrazar ¡ya pronto!”.

No hace falta añadir una palabra más. Son admirables, un auténtico ejemplo de resiliencia. Nos siguen dando una lección de vida y convendría preguntarnos si no podemos hacer más por un colectivo que ha sacrificado tanto.

 

Consulta AQUÍ el reportaje completo.

 

*La periodista Ana Moreno colabora con la revista Ciudad Nueva. Este reportaje se publicará en la edición del mes de octubre.