Síguenos

338_1200x150incendios.gif banner click 338 banner 338

343_muver1200x150-1200-x-150-px.gif banner click 343 banner 343

347_1200x150-festivales-verano.gif banner click 347 banner 347

Carlos Fontales: “La gente está reventada de tanto ordenador y tanta tecnología” Carlos Fontales: “La gente está reventada de tanto ordenador y tanta tecnología”
Carlos Fontales (tercero por la izquierda, en cuclillas), junto a sus alumnos y a Silvia Gil (primera por la derecha, de pie), propietaria del taller en Perales del Alfambra done se impartió el curso

Carlos Fontales: “La gente está reventada de tanto ordenador y tanta tecnología”

El artesano madrileño realizó un taller de cestería tradicional en la localidad de Perales del Alfambra

Carlos Fontales es un madrileño afincado en la pequeña localidad de Caballar (Segovia), aunque en los últimos años para poco por allí, ya que está constantemente impartiendo cursos de cestería y trenzado con fibras vegetales por toda España e incluso fuera de nuestro país. Considerado una de las principales referencias en ese campo, Fontales admite que en los últimos años existe un boom por esta y otras actividades manuales y artesanas. La tendencia se ha agudizado durante la pandemia, lo que le han llevado a pensar que, aunque muchos de nosotros todavía no lo sabemos, estamos realmente hartos de que la tecnología y las telecomunicaciones determinen todos los aspectos de nuestra vida.

Ayer concluyó el primer curso que Carlos Fontales ha ofrecido en la provincia de Teruel, en el taller que la artista Silvia Gil tiene en Perales del Alfambra, donde ha enseñado a diez alumnos durante todo el fin de semana técnicas de cestería de mimbre para crear piezas redondas y ovaladas con fondo de cruz y de cul de queixal, “unas técnicas que se hacía mucho por Cataluña y que hoy en día se han extendido por todo el mundo”. Llegó a Teruel procedente de unas jornadas en el Museo Arqueológico de Barcelona, y en un par de semanas regresará a la ciudad Condal para impartir talleres de calzado vegetal, antes de hacer lo propio en La Sorrozuela, en Cantabria.

Este impartido por Carlos Fontales es el primero de una serie de talleres que Silvia Gil quiere organizar en Perales, “especialmente dirigidos a la cestería”, según la artista, pero que también tocarán otras ramas de la artesanía y de actividades relacionadas.

Fontales asegura que la cestería está al alcance de todo el mundo

Carlos Fontales suele decir que no existen requisitos previos para quien quiere comenzar a hacer trabajos en cestería. “Con tener dos manos es suficiente”, asegura alguien que aprendió el oficio cuando emigró a una aldea en Galicia, huyendo de la vida monótona y gris en Madrid, en busca de una actividad que le permitiera tener ingresos y fabricarse además útiles que necesitaba en su vida diaria.

Un cesto de tamaño medio puede terminarse en una jornada de ocho o nueve horas, que son lo que duró las que realizó con diez alumnos el sábado y el domingo. “Para hacer cestería ni siquiera es necesario tener paciencia, como suele decirse”, apunta Fontales. “La paciencia te llega sin querer... porque la gente se pone a hacer el cesto y a hablar y cuando se da cuenta se han pasado ocho horas”. Es cierto que el mimbre “es muy ágil de trabajar” con un mínimo de fuerza en los dedos, al contrario de otros materiales como el esparto “que es más mecánico”, y por tanto quizá más aburrido, “pero la prevención que existe contra estos trabajos por parte de algunas personas, que lo ven difícil o muy costoso, es por puro desconocimiento”.

Fontales ha ido evolucionando desde las técnicas más básicas hasta otras más complejas o con materiales más diversos, hasta llegar a cesterías de tipo japonés o de otros puntos del planeta, gracias a un trabajo de investigación que se prolonga durante las últimas décadas y que se manifiesta en su actividad educativa y también en varias obras publicadas. Una de las conclusiones a las que ha llegado es que, al menos en la península Ibérica, no se puede hablar que de existan técnicas características en diferentes ámbitos geográficos por una cuestión cultural, “sino más bien que la cestería va asociada a cada tipo de vegetación, y las características de cada vegetación hacen que sea idóneo un tipo de trenzado u otro”.

En total fueron diez alumnos los que participaron en el primer taller que Carlos Fontales ofrece en la provincia de Teruel

En Cantabria hay un tipo de fibra tradicionalmente utilizado para cestería y en Almería hay otro diferente, “y como tienen grosores, durezas, resistencias y texturas diferentes, pues se trabajan de forma diferente y los resultados son también distintos. No es lo mismo hacer un objeto con esparto, con mimbre o con madera de castaño”.

En cualquier caso, la accesibilidad de las fibras vegetales y la relativa sencillez con la que se trabajan para dar consistencia a cestos o elementos de uso común, hicieron que la cestería se considere una de las primeras técnicas de manufactura que realizó el ser humano. “Los datos más antiguos que se tienen nos hablan de 8.000 o 10.000 años de antigüedad. Anterior incluso a la cerámica, seguramente... el problema es que las fibras de cestería se desgradan y es mucho más difícil encontrar restos que en el caso de la cerámica, por ejemplo”.

Un ‘boom’ en las ciudades

Pues unos cien siglos quizá después de que el ser humano hiciera sus primeros cestos para recoger las cosechas de los vegetales que había aprendido a cultivar poco antes, Carlos Fontales afirma que el interés por esta actividad, hasta hace poco en retroceso como todo lo rural, vive un intenso resurgir, principalmente en las ciudades. “No solo se ha incrementado mucho el interés de la cestería en el ámbito artístico, o en el de la construcción, donde muchos estudios de arquitectura la emplea como material alternativo a otros más agresivos como el cemento, sino que, más allá del ámbito profesional, cada vez más personas se están dando cuenta de que necesitan hacer cosas con las manos, que se palpen, que impliquen pasar tiempo haciendo cosas tangibles”.

Tanto es así que en los últimos años se ha multiplicado la demanda de los talleres como los que imparte por toda España. “Yo llevo 30 años en esto y cuando empecé prácticamente no le interesaba a nadie. Ahora tengo tanto trabajo que casi no doy a basto, si me lo hubiera dicho hace unos años no me lo hubiera creído”.

Imagen de una de las dos jornadas del taller, en la que se realiza un cesto de fondo redondo

La pandemia no ha hecho más que incrementar exponencialmente la demanda en las ciudades por conocer este tipo de técnicas, lo que en opinión de Fontales no es sino un síntoma de que “la gente está reventada de tanto ordenador y tanta tecnología”. Lo de aprender a hacer pan o construirse objetos útiles o decorativos parecía una anécdota, una moda urbanita en medio del confinamiento, pero ha llegado para quedarse. “Entre la gente joven es especialmente llamativo. Son personas que desde que nacieron están acostumbrados a hacerlo todo a través de maquinitas, y de repente alucinan viendo que con las manos se pueden crear cosas que sirven para algo”, que no son archivos o largas secuencias de ceros y uno de existencia virtual. “Para mí es muy interesante comprobar como la gente que viene a los talleres se da cuenta de que necesita hacer cosas como esa. Si el ser humano lleva miles de años sentándose alrededor de un fuego, haciendo cestos y hablando de sus cosas mientras tanto será por algo, ¿no?”, afirma Fontales. “Es como si lo lleváramos inscrito de forma inconsciente, hasta que un día lo hacemos consciente y nos damos cuenta de que necesitamos seguir haciéndolo”.

¿Arte o artesanía?

Cuestión aparte es decidir si la cestería entra en el ámbito de la artesanía, actividad que se presupone dirigida a un fin utilitario, con cierto componente de mecanicidad, o si, sobre todo cuando muchos de los que llegan a este mundo lo hacen para crear objetos únicos y disfrutar del proceso, y no tanto porque necesiten un cesto o unas alpargatas, entre de lleno en el concepto de arte. “Entrar en este debate a veces significa darle muchas vueltas a algo que tampoco tiene mucho sentido”, opina Fontales. “En mi opinión no es lo mismo la artesanía que el arte. De hecho la artesanía implica elementos que van en total contraposición a lo que consideramos arte. En la primera no tiene tanta importancia el autor concreto de una pieza, ni se persigue crear piezas únicas, y esos dos elementos son imprescindibles en la actividad artística”. “Pero vivimos en un mundo en el que es necesario venderlo todo”, admite el madrileño. “Así que si a lo que es artesanía conseguimos ponerle la etiqueta de arte lo vamos a vender mejor y más caro”. Por otro lado, la palabra artesano es una de las que su significado está mas corrupto, en opinión del cestero, porque aceptamos sin rubor cosas como una s magdalenas industriales en el linea de un supermercado en cuya bolsa de plástico “figura la palabra artesanas sin serlo”.

Otra cosa, ahondando en ese debate entre lo artístico y lo artesano, es que el trenzado de fibras vegetales como el mimbre o el esparto se esté integrando desde hace años en la actividad que puede considerarse legítimamente y sin dudas artística. “Muchas personas están aprendiendo técnicas tradicionales, la cestería entre otras, para aplicarlos a la creación de objetos que se salen de lo convencional. Si quieres llamarlo arte, puede llamarse arte”. Fontales lo compara a otras actividades que se han incorporado a la creación artística como la forja del hierro: “Un artista puede aprender herrería y con ella hacer arte, así que para determinadas obras que se salen de lo común también podemos considerar artista al herrero”.

El redactor recomienda