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El viaje El viaje
Mamen Pérez-Luis

Texto de Isabel Cortel Espeleta  / Fotografía de Mamen Pérez-Luis

No recuerdo el día en el que se inició el viaje, ni tampoco cuando empecé a llenar aquella mochila. La llevaba conmigo a todas partes. Era importante porque allí estaba todo mi mundo; un mundo cambiante, a veces extraño, representado con lo que guardaba en aquella bolsa que, por cierto, no elegí yo.

Esa manía de llenar cada bolsillo pudo empezar, quizá, en la infancia.  Nombres de los compañeros de colegio, los juguetes favoritos y algún que otro título de libro. Recuerdos de las Navidades, de las vacaciones, de las excursiones... todo cabía allí y todo me parecía importante. Yo con mi mochila a todas partes. Siempre llena.

La vida se imponía y había que escoger camino. Dejé lo que yo era para ser lo que creía que debía ser, y me obligué a recorrer todas las rutas posibles, buscándome para alcanzarme. La primera vez que elegí un camino me despedí, cogí mi enorme mochila, até mis zapatos y empecé a andar: llegué a una ciudad llena de todo. Vida por todas partes, ruido, luz, el sonido de una jungla artificial deshumanizadora. Encontré un trabajo y gente con la que hablar, con la que compartir; y compartí. Compartí pasiones, ilusiones, alegrías, amores y desamores, penas, miedos y ausencias. Historias para llenar mi mochila, experiencias que se ya se mezclaban con mis calcetines, que se hacían hueco junto al cepillo de dientes.  Bolsillos llenos de caras, nombres y voces.  De cosas que se dijeron y de las que no se dijeron. Desde lo alto de mi tejado contemplé aquel perfil de cemento que dibujaba sombras al atardecer; y alcé la mano hacía el cielo para impulsarme y ver más. Pero no soy pájaro y no pude volar, no tengo alas. No obstante, yo quería volar.

Huí en busca de una inmensidad donde sí cupieran mis sueños. Recorrí valles verdes, de un verde imposible de reproducir en un cuadro. Miríadas de estrellas para las noches más oscuras, ríos enfurecidos, amenazantes, cuyo rugido se dejaba oír en la distancia, rompiendo la monotonía de aves y grillos. Un paraíso solo para mí que, sin embargo, yo no veía. Parajes que solo el poeta describiría, pero que no hacían vibrar a mi alma, sujeta y amordazada. En mi soledad contemplé aquellas pinturas perfectas y no encontré mi lugar. En aquel inmenso espacio yo no cabía.

Guardé esa imagen y también mi soledad, para llevarlas conmigo y seguí mi camino. Dejé la llanura atrás para buscar lugares más altos que, quizá, impulsaran mis alas, las que no tenía.

Subí montañas casi negras, de roca firme y verticalidad impactante. “Arriba -me dije-, arriba está mi sitio. Desde allí es imposible no volar”. Y bien atadas mis zapatillas y agarrada mi mochila, emprendí el ascenso. El más duro, o eso creía yo. Las rocas, algo hostiles, vieron en mí al intruso y me lo hicieron saber. Una ruta de silencio, solo invadido a veces por el sonido de los habitantes de aquel tremendo mar de tierra y roca. Conticinios que me ahogaron. Nunca fui tan invisible. El ascenso no contó con el impulso del viento, que ni a respirar ayudaba. Y, al final, llegué aunque no volé.

En un intento de consolarme, los rayos del sol, más cerca que nunca, me abrazaron y, como leyendo mi mente, dispersaron las nubes para poder ver el mar. Un manto de agua que, en su infinitud seguro  que me llevaría a mi lugar. Al sitio que yo llamaría hogar. Así que llené mi mochila de aquella tierra, aquel sol y aquel olor a romero y marché. Quizá en medio del azul, emprendería el vuelo.

Mamen Pérez-Luis

Embarqué no sé qué día de no sé qué mes. Solo había horizonte. Todo para mí. “Tu hogar, el más grande que puedas imaginar”. Y me pensé arriba, desplegando mis alas y recorriendo el cielo. Sin embargo, aquel mar era todo lo que había. Salitre y agua. Y los guardé en mi mochila y puse rumbo a tierra firme.

El primer pueblo que me acogió parecía el definitivo. Allí me casé y tuve a mis hijos. Allí encontré una rutina para llenar mis momentos y acallar mis ansiedades. Me acostumbré a la música de la risa de mis hijos, a tus ojos, a las fechas señaladas, las celebraciones y a las despedidas. En todas partes hay despedidas e inicios. Eso no cambia. Todas cupieron en la mochila, rebosante de todo: de amor, de dolor, de dinero, de conversaciones secretas, otras no tan secretas, de caricias y golpes de la vida. De olores, guisos y lecturas que a otros les elevaría el espíritu... y casi volé. Hubo un tiempo en que me repetía con convicción: “mañana sí”. Pero no volé.  Sudé aquellos veranos, me empapé del otoño, me cobijé del invierno y bebí la primavera. Casi volé.

No tengo claro si me despedí de alguien. Lo hice con el corazón pero no sé si comuniqué que me marchaba. El caso es que ya hacia tiempo que no estaba allí, otros mundos me esperaban. Até mis zapatillas y llené la mochila con todo lo creía que iba a necesitar, dejando hueco a todas las sensaciones de media vida.  Acumuladas, salvajes, desordenadas. Todo listo. Marché.

Desiertos, otros mares, nuevos pueblos con más caras. Montañas rodeadas de silencio atronador. Cuevas oscuras y noches brillantes. Árboles que susurraban canciones, mecidos por el viento. Pero seguía sin volar, mis alas no se desplegaron. En cada lugar encontré el momento de dar la vuelta, atar mis zapatos y recoger mi mochila, cada vez más pesada. Llena de todos aquellos lugares, llena de todo.

Creo que no he aprendido nada con los años. Sigo equivocando el camino, no os veo, ni os oigo. Quizá es inconformismo o quizá la brújula no funciona, “¿estoy dando vueltas sin sentido?”. Sigo caminando porque es mejor eso que no avanzar, creo yo. Pero cada vez pesa más dejar huella, el cansancio es compañero de viaje desde hace ya demasiado tiempo.

Un último intento. Si no es ahora, ya no será. ¡Vengan a mí esas alas! Espero el tren de las diez. No puedo perderlo o se irá para siempre. La estación está desierta, es toda mía. Y llega el tren pero no para, solo aminora. Corro, corro detrás intentando asirme a una esperanza. Corro y no puedo. A mi alrededor, toda mi vida, todos vosotros diciendo adiós. Pero corro y no alcanzo. Corro y en la carrera pierdo mis zapatos, allí quedaron para el olvido; voy más ligero y entonces lo entiendo: cae la mochila. Ahora sí, lo noto. Ya vuelo, me elevo y miro al suelo. Ya no estoy pero ya no soy invisible; ahora sí veo el valle,  recorro el techo estrellado, surco el río, y escalo la roca. Nado, como, río, lloro, converso con vosotros. Veo crecer a mis hijos. Te beso. Vivo... Solo tenía que soltar la mochila.


* Isabel Cortel Espeleta (Teruel, 1980). Ha desarrollado su carrera profesional en el mundo de la comunicación compaginándolo con la publicación de libros, cuentos, relatos, la elaboración de guiones y ahora también con la docencia. Licenciada en Humanidades, la literatura siempre ha estado muy presente en su vida. 

* Mamen Pérez-Luis (Valencia, 1973). Fotógrafa amateur desde la infancia con su primera icónica Agfa happy y su primera reflex Zenit. De manera profesional colaboró en un estudio fotográfico en Valencia durante 10 años y recibió diversa formación y monográficos. Realizó una exposición fotográfica itinerante colección Prestige 2002

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