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Yo quiero detener el tiempo Yo quiero detener el tiempo
José Cabañas Doñate

Yo quiero detener el tiempo

Texto de Inés Ramón / Fotografía de José Cabañas Doñate

 

El médico miró a la mujer que tenía sentada frete a él. Todo en ella era rústico: su vestido gris, demasiado amplio y descolorido en determinadas zonas, el corte descuidado de una mata hirsuta de un pelo negrísimo, las huellas indelebles que el sol y la intemperie habían impreso en su rosto, la hendidura entre las cejas, demasiado profunda, unas manos callosas aferradas al bolso.

Por un momento escuchó la lluvia que golpeaba a ráfagas discordantes sobre el cristal de su consultorio. Sonó un trueno como el tumulto de algún naufragio.

-Señora- dijo, abriendo el sobre que sostenía en sus manos delgadas y morenas. - Me temo que el diagnóstico no es lo favorable que esperábamos. Nos urge ir a cirugía. Hay metástasis.

Ella solo escuchó la última palabra. Estaba lloviendo y su mente había huido al sitio donde su pequeña Cleo podría haberse refugiado para parir. Lo miró con ira y congoja. Antes de salir para la consulta había visto a la perrilla muy inquieta, con su preñez temblorosa, buscando tal vez su cooperación.

Usted dirá, doctor. Cuando me diga.

E inclinó todo su cuerpo hacia adelante para ponerse en pie. Un rictus nervioso se dibujó en sus labios, a modo de sonrisa.

Debo regresar a casa porque mi perra está por parir, pensó con rabia, pero no lo dijo y giró, dando un paso atrás, torpemente. Lo más importante en ese momento era proteger la vida de Cleo. Recordaba con absoluta nitidez la tarde en que, siendo aún una cachorrilla de pocos meses, llegó a casa. Venía bordeando el camino, el esqueleto a flor de piel, una mirada de inmensa mansedumbre que jamás podría olvidar. Alguien la había abandonado en la carretera y llevaba días vagando, sin comer. El hambre urdiendo sus pasos, la deriva del hambre y los camino. Y unas ganas inmensas de vivir. La llamó Cleopatra, porque, aunque era la viva imagen de la privación, la mujer de inmediato supo ver en ella el alma antigua de una faraona.  Y ahora que los hijos se habían marchado de la casa de uno en uno, la perrilla era su familia. Tanto desamparo las hacía hermanas de consuelo.

Apresuró sus pasos hacia la salida. También la amplia puerta de entrada del Hospital pudo oír el grito silencioso de su corazón, y se abrió repentinamente. Afuera se seguía oyendo el rumor del viento, el rumor de miles de hojas en las ramas de los árboles, agitadas por el viento.  Se oía el rumor de las nubes, arrastradas por el viento, cargando todo su arsenal de lluvia para verterlo en otro sitio. La mujer sentía bullir una fuerza extraña dentro de sí, la urgencia de llegar a casa le hacía mover sus piernas huesudas y arqueadas con insólita velocidad. Ya tendría tiempo después de pensar en las palabras del médico. Cirugía. Metástasis. Tiempo.

Él, seguramente, se había quedado callado, mirando por la ventana. Seguramente no tendría una sentencia tan apremiante, una tregua tan escasa, un empeño así por prolongar la vida.

La mujer, oscurecida de pronto, cruzó a la acera de enfrente, sin respetar el paso de cebras. Avanzó por un espacio recién llovido, mojado de la luz del sol que se filtraba entre las nubes, como una esperanza que se abría camino en la violencia de la tarde. Unos metros antes de llegar a la parada del autobús, vio una tienda de flores y plantas que no había visto nunca.  Sesenta y cinco años, pensó. Tres hijos, nueve nietos. No había escrito un libro, pero sí un relato de una niña huérfana. Escribes para detener el tiempo, se dijo, como así cupiera en la palabra toda la destrucción que ya conoces.

Miró dentro de la floristería, a través de los cristales aún salpicados por la lluvia y se vio a sí misma convertida en flor. Una extraña y bellísima flor azul. Todo el impulso avasallante de la tormenta, pero recubierto de luz. La belleza de lo terrible. La vida venciendo.

Entró.  ¿Serían meses, tal vez un año más de vida? Dejaría en su jardín una flor única, espléndida proyección de su amor hacia aquellos tres hijos ausentes, hacia la pequeña Cleo, que, con toda seguridad, ya habría dado a luz, y podría ver, para siempre, la luz de la tarde abriéndose camino entre las nubes de la tormenta, y la luz de la luna haciendo nido entre sus pétalos azules.

Porque no todo es morir, se dijo, aún cabe al amor entre tus brazos y las vidas que alumbraste con tu vientre o la paz de ser sombra para otros. Cogió la maceta. Pagó. Sí, la plantaría en su jardín. No importaba lo demás.

Sería la vida nueva hecha flor que retoña, que vuelve a la tierra y vive. La mujer sonrió y subió al autobús que la llevaría a su casa, con un milagro de luz azul en su regazo. Supo entonces que, por fin, su pequeña Cleo ya había parido y ella, la mujer menuda, hecha de guijarros, ya era capaz de detener el tiempo.


* Inés Ramón (Buenos Aires, 1962). Ha estudiado la carrera de Letras en la Universidad Nacional de La Plata. Durante diez años ejerció como profesora de Lengua y Literatura en la ciudad de La Plata. Reside desde 2001 en España, donde realizó estudios de poesía en la Escuela de Escritores de Madrid y en el Aula de Escritores de Barcelona. Ha publicado los poemarios Circular a veces (Zaragoza, Lola Editorial, 2012), Un esqueleto cóncavo (Ávila, Códice de Barras, 2012), Hallarse en la caída (Zaragoza, Olifante, 2013)¸ Anatenmein, (Tigres de Papel, 2017) y, junto a Irene Vallejo, La mañana descalza (Olifante, 2018)  y ha sido incluida en las antologías Con el cierzo entre los dientes (Nueve poetas y un apócrifo en el Bajo Aragón), Alcañiz, Librería Miguel Ibáñez, 2009; Poesía a la frontera (Barcelona, March Editor, 2011; Arundo donax, Teruel, Centro de Estudios del Bajo Martín, 2011; Puente de piedra, Madrid, Huerga & Fierro, 2013; En el año 2015 obtuvo el Premio Poetas de Otros Mundos, otorgado por el Fondo Poético Internacional, y en el 2019 el Premio Mariano Nipho en la Categoría de Arte por el conjunto de su obra. Es colaboradora habitual de la publicación Compromiso y Cultura. Desarrolla un Taller de Escritura Creativa en la Asociación Las Cañas de Alcañiz Sus poemas han sido traducidos al japonés, alemán, neerlandés, italiano y francés.

* José Cabañas Doñate. (Teruel, 1969). Ingeniero Informático, pertenece a la Sociedad Fotográfica de Teruel desde 2010. Comparto su afición por la fotografía con la de la acuarela.

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