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Javier Silvestre

Yaiza tenía sólo 4 años y murió envenenada a manos de su madre el mismo día en que la televisión nos sobrecogía con la desaparición de Anna y Olivia en Tenerife. La historia de esta pequeña de Sant Boi del Llobregat (Barcelona) no había salido prácticamente en ningún lado hasta el viernes, en que se rescató de entre la montaña de noticias luctuosas que nos rodean a diario.

Y si sabemos lo que le pasó a Yaiza es porque tras la confirmación de la muerte de las pequeñas de Tenerife hubo una guerra sin cuartel en redes sociales y medios de comunicación. El machismo era el culpable de lo ocurrido a Anna y Olivia pero se iba más allá: el genero masculino volvía a ser considerado “malvado por naturaleza” y la lacra del terrorismo de género inundaba los Telediarios. Conseguían el efecto contrario en parte de la población (la que no vive pegada a Twitter), que tiraba de hemeroteca y comprobaba cómo según las estadísticas del INE el 70% de las muertes de niños se producen a manos de mujeres.

Pero aparecían entonces los matices: que las mujeres que asesinan a sus hijos tienen mayoritariamente problemas psiquiátricos -normalmente provocados por sus parejas- mientras que los hombres lo hacen como venganza a sus ex; que la violencia vicaria sólo se puede aplicar cuando el autor del filicidio es un hombre; e incluso tuvimos que soportar que la ministra de turno relacionase el caso con la encarcelación de Juana Rivas.

Por supuesto que el caso de Tenerife es violencia machista. Lo es en su máximo y más desgarrador exponente. Pero, ¿cómo calificamos lo ocurrido en Sant Boi donde la madre mató a la pequeña Yaiza porque su exmarido no quería volver con ella? Al final, uno se queda con la sensación de que hay niños asesinados de primera y de segunda, dependiendo de quién cometa semejante vileza.

Algunos medios informaban textualmente que “desde 2013, 39 menores han muerto víctimas de la violencia machista en nuestro país”. Compraban el discurso oficial sin recurrir a la fría estadística -que merecería una columna aparte- que eleva el número a 142 niños y niñas asesinados desde hace 8 años, de los cuales 99 perdieron la vida a manos de mujeres (20 de ellas junto al padre o padrastro).

¿Quiere decir esto que lo ocurrido en Tenerife deja de ser un caso de violencia machista? Desde luego que no. Lo que evidencia es que no sólo el machismo está detrás de todos los filicidios que ocurren en nuestro país. Y lo repito para que no quede duda alguna: el machismo, desgraciadamente, sigue matando. Pero no es el único que desencadena semejante acto contra natura como es asesinar a tus propios hijos. También matan las enfermedades mentales, la desesperación personal y en último término la maldad… Y esa realidad también existe.

Contra la maldad se puede legislar, pero a posteriori: hay poca prevención posible. Y eso no da votos ni  genera acaloradas enfrentamientos entre tertulianos, está claro. Olvidar a los otros 99 niños y niñas que oficialmente no han sido víctimas de violencia machista evidencia el nivel de dogmatización al que estamos sometidos a diario. Y poner sobre la mesa los datos reales es convertirse en un negacionista al que hay que lapidar. Este es el nivel.

Hay que ser un monstruo y un machista para asesinar a Olivia y Anna. También hay que ser una mal nacida para envenenar a Yaiza... O para golpear hasta la muerte a Laila, de dos años en Zaragoza este mismo año. O para asfixiar a Carolina, de cinco años en un hostal de Logroño. La lista de asesinas es también insoportable.

El machismo mata. La sinrazón mata. La desesperación mata. Las enfermedades mentales matan. Hombres y mujeres matan. Ataquemos al machismo de frente pero no le demos la espalda a la realidad, aunque ésta les estropee los discursos a más de un@.

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