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El teléfono de producción El teléfono de producción

El teléfono de producción

Javier Silvestre

Esta semana he tenido el privilegio de tener en mis manos el teléfono de producción de Cuatro al día, programa en el que trabajo actualmente. Es ahí donde los espectadores se ponen en contacto con nosotros para denunciarnos problemas que puedan tener o para verter sus opiniones sobre lo que ocurre en el espacio que presenta todas las tardes Joaquín Prat. Y les prometo que el dichoso aparatito no deja de vibrar ni un sólo segundo desde que lo encendemos al llegar por la mañana y hasta que nos vamos por la noche.

Un goteo constante de llamadas, mensajes de voz, miles de whatsapps, incontables SMS, correos electrónicos… El volumen de actividad de ese teléfono es frenético. Nos hace ser conscientes de la cantidad de gente que hay al otro lado. Y lo más importante, permite hacer una radiografía de parte de la sociedad (o al menos de la que se molesta en ponerse en contacto con un medio de comunicación hoy en día).

El teléfono de producción es una mezcla de llamadas de auxilio desesperadas, denuncias de todo tipo, quejas variopintas y vómitos de bulos. Es duro leer muchos de los mensajes, que esconden dramas contra los que poco podemos hacer desde un medio de comunicación. Abundan los malos tratos, las negligencias médicas, las injusticias administrativas, los secuestros parentales en procesos de divorcio y los dramas laborales y económicos. Se intenta contestar a todo el mundo. Como mínimo, se les escucha. Nos convertimos en terapeutas de un dolor enquistado que, en muchos casos, sólo la Justicia puede mitigar. 

Luego están los opinólogos de WhatsApp que de todo saben más que nosotros. Suelen caracterizarse por su mala educación, por sus insultos a todos los que no piensan como ellos y por su constante amenaza de dejar de ver el programa (cosa que jamás cumplen porque siguen escribiendo día tras día). Y luego hay un grupo enorme de personas que nos reenvía bulos. 

No se hacen una idea de los vídeos virales, noticias falsas y audios manipulados que tratan de "abrirnos los ojos" a los que, según ellos, manipulamos la información. Es para hacer una tesis doctoral del fake-newsismo. No exagero si les digo que, en un día, podemos recibir unos 500 mensajes con noticias que no son reales pero que la gente se cree a pies juntillas. Algunos nos las hacen llegar "por si se nos ha pasado", mientras que la mayoría es para explicarnos cómo son en realidad las cosas. 

La forma de interactuar con los periodistas ha cambiado mucho desde que empecé a hacer radio 20 años atrás. La gente llamaba, se quejaba, opinaba y denunciaba cosas. Pero de otra forma. No existía ni el anonimato que dan las redes, ni la frialdad que supone enviar un WhatsApp. Y la tan manida crispación era cosa de situaciones límite. Todo eso ha desaparecido ya y ahora, la mayoría de ciudadanos que se ponen en contacto con un medio de comunicación son odiadores profesionales.

Afortunadamente, luego está un reducido grupo de gente amable, que opina con educación, que da las gracias por el trabajo hecho, que aporta puntos de vista interesantes... Son poco ruidosos y por eso pasan desapercibidos entre tanto exabrupto de la mayoría. Ellos y la gente con verdaderos dramas a los que podemos ayudar hacen que valga la pena hacer el duro ejercicio de leer todo lo que llega al dichoso teléfono de producción.

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