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Javier Silvestre

¡Qué loco mundo éste en el que nieva en el sur de Brasil en pleno agosto! ¿Qué será lo próximo? ¿Celebrar el Año Nuevo en bañador en las playas de Australia? En plena era del conocimiento gratuito y sin fronteras cada vez somos más ignorantes.

El problema es la superficialidad. No tenemos tiempo para tanta información. Con decir que cada persona recibe más de 5.000 impactos publicitarios al día, podemos hacernos una idea de la necesidad que tiene el cerebro de vaciados continuos de información para no colapsar.

De hecho, los científicos sostienen que la capacidad de atención sostenida que tenemos se ha ido reduciendo desde la aparición de las TIC (tecnologías de comunicación e información). Si en el 2000 aguantábamos sólo doce segundos focalizados en algo antes de perder interés, diez años más tarde nuestro aguante se redujo a ocho segundos. Ahora, sólo le damos cinco segundos a un tema antes de cambiar a otro. Durmiendo una media de ocho horas diarias, supone 11.520 cambios de interés al día. En un año, más de cuatro millones de estímulos y desintereses.

Esto es un arma de doble filo. Porque si bien sabemos mucho de todo, realmente no conocemos nada en profundidad. Lo que nos convierte en ignorantes ilustrados. Para colmo, las nuevas corrientes educativas huyen de la memorización de contenidos, haciéndonos cada vez más incultos y dependientes, a su vez, de estas mismas TIC.

Es un plan maquiavélico que promete liberar al ser humano de la tediosa necesidad de aprender para que recaiga todo el peso en archivos binarios almacenados en gigantescos búnkeres en Alaska.

Sin embargo, lejos de hacernos libres, esta pérdida de capacidad de aprendizaje nos esclaviza. Lo que antes nos pertenecía, nuestro conocimiento, se ha transformado en un artículo de lujo por el que pagamos a diario.

La cultura del copia y pega. Leer titulares sin llegar ni a la tercera uve doble del periodismo.

Tirar del móvil para hacer la tabla del dos. No recordar teléfonos, fechas y menos aún hechos históricos. Viajar a través de Instagram o hacerse Tik Toks en el Prado. Es el mundo que estamos creando. Para bien y para mal.

Reemplazamos nuestras propias experiencias por las que vivimos a través de las publicaciones de los demás.

Conocemos a tanta gente a la que jamás hemos tratado en persona que acabamos comprándonos perros para poder socializar, porque hasta eso hemos olvidado. De ligar cara a cara, mejor no hablamos. Y explicarle a un adolescente que el sexo no es eso que han visto a hurtadillas bajo las sábanas de su cama se ha convertido en una necesidad para dejar de fabricar manadas sexuales.

Leer esta columna le habrá costado, a velocidad media, un minuto y medio de su preciada vida. Se habrá ahorrado recibir 17 estímulos más o menos interesantes. Y si ha servido para que haya aprendido algo me doy por satisfecho. Ni que sea que, efectivamente, en pleno mes de agosto también nieva en Brasil.

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