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@JavierSilvestre

El diario El País nos daba a todos una lección de periodismo esta semana tras publicar un artículo titulado “Así se fabrica una mentira: el bulo de la cuidadora okupa inventado para acosar a una inquilina inmigrante”. La noticia firmada por Fernando Peinado y Patricia Peiró desenmascaraba a los familiares de una mujer de 89 años de Madrid, que había sido noticia en toda España, tras denunciar que le había okupado su piso su propia cuidadora, una joven marroquí de 26 años.

La investigación de ambos periodistas es intachable, eso es de obligado reconocimiento. Habían conseguido hablar con la supuesta okupa, que denunciaba las amenazas y acoso al que le estaba sometiendo una conocida empresa de desocupación. Pero también habían conseguido reunir la información que desmontaba la falsa denuncia hecha por la familia de la mujer, que en realidad llevaba años realquilando la vivienda en la que vive a estudiantes extranjeros a 400 euros la habitación y por la que la anciana paga poco más de 120 euros al mes.

La noticia, sin embargo, iba más allá. Y mezclaba la historia de esta señora, de su familia y de la chica acusada de okupar la casa con otros temas como la forma de actuar de las empresas de desocupación, la utilización de los medios para crear una falsa historia, el racismo de la sociedad española y, por último, la apropiación de esta historia con intereses políticos a manos de un partido en concreto. Vamos, que El País acaba de descubrirnos ahora cómo funciona el periodismo por desgracia desde hace años. Algo que no es, en absoluto, ajeno a ellos, claro está.

Yo, como periodista, me encuentro a diario con noticias publicadas en medios de comunicación que tengo que contrastar antes de darlas por buenas. Lo más lamentable es que los propios informadores hayamos perdido la confianza en otros compañeros. Pero desde que muchos medios de comunicación se han convertido en meras trincheras informativas, es mejor poner en cuarentena todo cuanto llegue de ellos.

La precarización del periodista como profesional es la base de este cenagal en el que se ha convertido el periodismo en nuestro país. Las prisas por sacar una información antes que la competencia, la falta de respaldo legal para ejercer nuestra profesión en libertad, la ineptocracia informativa como forma de pago, las puertas giratorias entre la política y el periodismo… La independencia del cuarto poder sufre metástasis. El cáncer del descrédito es ya imparable, se mire como se mire.

El artículo de El País debería estudiarse en las facultades de periodismo como ejemplo de cómo contrastar una noticia que llega a un medio de comunicación, pero se olvida de analizar varios puntos vitales hoy en día. Primero, por qué no se dispone de tiempo para verificar las informaciones que llegan a una redacción (incluída la suya). Segundo, por qué nadie pone en duda en nuestra sociedad que alguien pueda okupar una vivienda dejando en la calle al propietario. Y tercero, por qué una información gana o pierde credibilidad en función del partido político que luego se la apropia.

La información, si está bien elaborada, no tiene que ser ni buena, ni mala. Tan sólo debe reflejar un hecho que, a su vez, puede evidenciar una problemática mayor. Pero hoy sospechamos de las noticias en función de qué medio las publica. Convertimos así al ciudadano en el blanco de todos los bulos mientras nos rasgamos las vestiduras denunciando “cómo se fabrica una mentira” informativa. Pero resulta que, como no hay nadie libre de culpa, es mejor matarnos a pedradas entre nosotros mismos. Esto promete.

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