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Javier Silvestre

Este viernes hemos despedido a Mónica un mes y medio después de que muriese de cáncer. Nuestra viajera incansable se iba, sin hacer ruido y sin habernos contado que se marchitaba por dentro desde hacía tiempo. La noticia nos pillaba a todos por sorpresa, en una mañana de domingo resacosa tras una boda a la que, además, habíamos ido casi todos los reporteros de Viajeros Cuatro juntos. Todos, menos ella. ¡Poco imaginábamos el funesto giro de guión que nos iba a abofetear horas más tarde!

Los padres y la hermana de Mónica han viajado de Ponferrada a Madrid este fin de semana porque queríamos que vieran cuánta gente quería a su hija. Un funeral con su párroco del Bierzo, un emotivo vídeo recordatorio con sus viajes por el mundo, un álbum de fotos hecho con retales de momentos junto a ella y un libro de condolencias cargado de amor.

Habló Nestor, que puso un audio de Whatsapp de Mónica en estado puro. Gabi, con su maravillosa lección de vida para exprimir cada minuto. Y lo bordó Marina, con una charla en voz alta con su Moni, que nos puso la carne de gallina a todos. Yo no podía dejar de sonreír y de repetirme lo orgullosos que debían de estar los padres de nuestra amiga, viendo cuánto amor dejó su pequeña viajera.

Y traté de relativizar lo importante de la vida. Me prometí que diría mucho más a menudo “te quiero” a mis seres queridos. Juré no volver a malgastar el tiempo en asuntos baladíes que no conducen a ninguna parte. Son promesas que erosionará el tiempo, hasta que algún otro bofetón de la vida me haga volver a grabármelos a fuego en la piel. Imagino, que a fuerza de marcar, algó quedará...

La semana pasada escribía sobre el amor desde la felicidad de dos personas que inician un proyecto vital juntos. Y esta me toca hablar de amor desde el dolor de haber perdido a alguien cercano a la que, cuando ya se ha ido, te arrepientes de no haberle dedicado más momentos. Y recuerdas cómo fueron las últimas veces en las que hablaste con Mónica. Y en cómo estuvimos tan ciegos que no nos dimos cuenta que se estaba despidiendo sin palabras.

Decidió que su enfermedad era suya. De nadie más. Que sólo unos pocos supieran de las alegrías y reveses de cada TAC, cada análisis, cada quimioterapia. Prefirió que el resto siguiésemos tratándola igual, queriéndola por ser Mónica y no por ser la “pobre” Mónica. Y viajó hasta el final, incluso cuando no tenía apenas fuerzas para hacerlo. No perdió la sonrisa en ninguna foto y el último audio que conservo de ella, es nuestra Moni de siempre: alegre, optimista y deseando lo mejor para todos, antes incluso que para ella misma.

Supongo que en estos años de enfermedad habrá pasado miedo, se habrá cabreado con la vida, habrá llenado mares a llorar pensando en todo lo que se iba a perder. También supongo que, en un momento dado, decidiría que morirse antes le obligaba a vivir más rápido. Y por eso, quizás, exprimió cada viaje, cada momento y a cada persona con la que tenía amistad. Porque sabía que la vida se le escurría entre los dedos.

Somos lo que dejamos. Y Mónica deja mucho amor. Deja sonrisas por todo el mundo. Y deja una lección vital que quiero plasmar aquí para que nadie la olvide. La verán muchas veces en televisión, porque Viajeros Cuatro se repite constantemente en diferentes cadenas de televisión. Cuando la vean, no sientan tristeza. Al contrario. Disfruten viendo cómo alguien que sabe que pronto se irá, exprime la vida haciendo lo que le hacía más feliz: viajar. Porque vivir es volar. DEP, Mónica.

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