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Víctor Guíu

José Francisco Acelerado se paró un buen día, de repente, sin avisar. Se plantó y dijo ¡basta! José Francisco Acelerado era un tipo delgado, culto, intrépido y bien parecido. Le sobrevino el mundo que luego llamaron "milenial", aunque se curtió en las cien batallas de lo que llamaron "hipsters" pero siempre tuvo nombre. Profesional liberal, independiente y sujeto a la moda de no meterse en demasiados líos (los políticos tienen la culpa y tal) Resilencias, adaptaciones y smartsphones. Aventuró antes que nadie a los coachings; efervescencia decadente a falta de amistades y vino tinto. Abrazó como si no hubiese un mañana el éxito y la felicidad.

"Trabajo, me fui del pueblo, allí no había nada". "Aquí son libre y practico el colinving porque es tendencia", no vayan a pensar que no tengo un chavo para estar yo solo con mi bici de piñón fijo, esa que siempre ha sido para correr en el velódromo. Hasta pensó en comprarse un galgo y en vestirlo como si fuese a la primera comunión. Si el abuelo Blas lo hubiese visto. Con lo poco que le gustaban los galgos del abuelo, y eso que solo les faltaba hablar. Que les abrías la puerta y te traían al rato una liebre.

José Francisco Acelerado comía sano y corría con el equipo de la empresa para la que trabajaba de freelancer "ouyea". Todos muy modernos, con espacios coworking para estar enganchados veinticuatro horas. Sale en todas las redes con fotos de camisas de flores bien planchadas.

"Ahora estoy X y disfruto, mirad lo que me como en este restaurante, peazo de obra (de mierda) en las últimas performances de fulano de tal"

"QuébienviveelprimoFrancho", pensaba el Antonio desde el pueblo cuando veía sus fotos por el instagram. Le recomendaba libros de autoayuda escritos por las más altas esferas de la sinvergüencería patria. Antonio pensaba que el primo era feliz, que era de los que pensaba que había que retrasar la jubilación para aplazar el deterioro cognitivo.

"Antonio primo, vente para aquí, debes pensar en tu salario emocional, en que la vida está para desarrollarte, que lo de las trabacaciones es una bendición".

José Francisco Acelerado se bajó del mismo tren al que su hipócrita sociedad le había montado. Se confesó y bebió del cáliz de la nueva fe. No había un dios en el mundo que lo bajara. José Francisco Acelerado era un tipo delgado, culto, intrépido y bien parecido. Paró de repente porque se dio cuenta que era un gilipollas.

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