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Ana I. Gracia

El Paquito era el chico más gordo de la clase del B del colegio público Ibáñez Trujillo de Andorra. Al Paquito solo le llamaban Paco, Paquito, en su casa y los profesores: algún niño le rebautizó como el tocino y el tocino sigue siendo el tocino aunque tengamos casi cuarenta años y hoy sea uno de los chicos más fibrosos de todos los que hicimos juntos la EGB.

Nunca le pegué, pero no lo invitaba a mis cumpleaños y celebraba que no me tocara a su lado en el reparto de mesas. Como casi todos, reía las gracias al líder de la pandilla cuando le acorralaba a él, al débil, una vez que los profesores se despistaban.

Yo engordé aquel corro que jaleaba y aplaudía cuando el graciosillo de turno le preguntaba en el recreo cuántos bocadillos se había comido antes de tirarle un currusco de pan al suelo. Alguna vez escupían dentro antes de obligarle a comérselo, pero ni yo ni nadie se lo contó nunca a la tutora: en aquel recinto imperaba la ley del silencio y los chivatos recibían su merecido a la salida del colegio.

Los diccionarios de los años noventa no incluían la palabra bullying, pero lo que hicimos con aquel chico en primaria fue un acoso escolar en toda regla, con todas las acepciones y todas las secuelas que conlleva el término.

Quienes normalmente sufren las burlas de los demás suelen ser los más vulnerables, los más frágiles: los gordos, los tímidos, los feos, los que tienen pinta de maricones. Mofarse de los supuestos defectos de alguien ayudaba al resto a sentirse más integrado en un grupo en el que se evitaba por encima de todo y a costa de cualquier cosa ser el raro, el apartado, el señalado. El siguiente.

Hace unos días, sentí que iba dirigido a mí el rapapolvo de Miquel Montoro, un youtuber adolescente que fue víctima de acoso escolar por ser el gordo de clase y que detalló aquel trauma en un vídeo compartido por miles de personas. El chaval contó que de pequeño no podía correr y por eso se metían con él. “Un día vale, dos también, tres... Pero cuando  son cuatro años lo pasas muy mal".

Pues eso… Él ya es capaz de poner en palabras lo que sintió durante esa etapa, la del bullying, un periodo que le ha hecho ganar confianza en sí mismo porque lo que no mata, hace más fuerte a uno. “¿Por qué se tienen que reír de ti por ser diferente? Eso no es justo”. No… no lo es.

“El que hace bullying es un cobarde, porque tiene que hacerlo para ser más que tú”. Toda la razón: cobardes. Hay que llamar a cada uno por su nombre. Padres, profesores, políticos, tomen nota de la pregunta que lanza esta víctima y trabajen por corregir esta anomalía: “¿Por qué el afectado, el que sufre bullying, es el que se va a otro cole? A veces parece que somos nosotros los culpables del bullying. Es muy injusto”.

Siento que Miquel me habla a mí cuando cuestiona a los que no insultan ni pegan, pero tampoco ayudan al que sufre. Una nota anónima a la señorita o desahogarnos con los padres hubiera bastado para salvar a mi compañero de aquel calvario diario al que le sometimos entre todos: “Si tú sabes de alguien que lo está pasando mal, que tiene algún problema, siempre actúa contra el bullying. Siempre, ayúdalo a salir de esto que es muy, muy, muy doloroso”, pide el chaval. Es algo muy simple: ayuden. Ayuden. Ayuden.

Quizá por vergüenza, quizá por miedo, quizá por cobardía, siempre cumplí con aquella regla no escrita que prevalecía en mi colegio: hay ciertas cosas que pasan que no se cuentan. Nunca tuve la valentía de compartirlo porque ni siquiera era consciente del daño que provocamos, por acción o por omisión.

Hoy ya es demasiado tarde para corregir a mi yo de cría, pero todos los chicos deben saber que esas cosas que pasan y se callan, las que se ocultan, las que no se cuentan, son precisamente las que se deben dar a conocer. Ahora mismo. Ya.

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