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Ana I. Gracia

El abuelo de mi amiga Julia -91 veranos- me contaba un domingo de carne a la brasa en su masico que, cuando él era crío, las condiciones de trabajo era tan terribles que cada año enterraban a más de uno del pueblo que caía muerto segando al sol.

Aquella escena me persiguió durante las siguientes noches. Yo me despertaba, empapada en sudor, dando gracias a un Dios en el que no creo por no haberme visto nunca atrapada en ese mundo donde el único sustento para seguir adelante es una azada y un cacho de tierra.

Dice Isabel Díaz Ayuso que los jóvenes de ahora tienen todo. Le doy la razón en una cosa: el que no estudia prácticamente es porque no quiere y eso, aprender a leer y escribir, era un lujo para nuestros mayores que debemos apreciar más.

En un arranque de lengua suelta, la presidenta de la Comunidad de Madrid afirmó sin temor a los reproches que a los jóvenes de ahora “les falta” cultura del esfuerzo y mire, por ahí no paso.

Que todos los zagales del siglo XXI vayan a la escuela por derecho, usen móvil y viajen una o tres veces al año no significa que vivan mejor que sus padres. Hagamos un repaso.

Ayuso cree que los zagales de menos de 30 años solo piensan en las cañas, en las terracitas y en la libertad. ¿A qué edad deja uno de ser joven? Señora presidenta, no sé si sabe que los pobres del siglo XXI han cambiado de muda: ya no visten con harapos y no se mueren de hambre.

Ahora, los pobres estudian dos carreras y dos másteres, van al trabajo ¡hasta los fines de semana y festivos! Por un sueldo que rara vez araña los mil euros. Y que no rechisten, que los ponen de patitas en la calle. Los domingos visten con camisa y alquilan coches por un día o una semana porque, si no heredan el de su padre, no pueden mantener uno.

Comparen lo que cuesta ahora un piso con lo que costaba el mismo piso con los mismos metros en la misma ciudad hace treinta años. No, los pobres del siglo XXI no se pueden comprar una casa.

La mayoría vive con sus padres o de alquiler, comparten baldas de la nevera porque no les llega para pagar solos la luz del horno en el que meten una pizza para comérsela a medias con un compañero de piso que conocieron por un anuncio en Internet. Ya no tienen ni hijos y tampoco tendrán jubilación ni entierro.

Antes del cambio de siglo, si se metía la cabeza en una buena empresa era raro que no te jubilaras en ella y, si tenías la mala suerte de que te despidieran, te pagaban 45 días por año trabajado. Ahora te das con un canto en los dientes si negocias 33 días y no te despiden con un finiquito de veinte días.

Los que cumplen tres años consecutivos en la misma compañía son cada vez menos, y los que firman un contrato indefinido lo celebran con una fiesta.

También podemos hablar de la pérdida de poder adquisitivo de la clase obrera y, en particular, de los más jóvenes. El grupo social más afectado por la crisis ha sido el de los zagales. La tasa de paro en junio entre los 15 y los 24 años alcanza el 27,1% (la media en la UE es del 16,6%); la tasa de temporalidad de los menores de 29 años es del 57% y tienen un 22% menos de recursos para gastar que los jubilados. Echen ustedes las cuentas de qué generación vive mejor. A mí los números no me cuadran.

Estarán de acuerdo conmigo en que el cuadro social actual es dramático. Un país que no ofrece ningún plan de futuro a su juventud es un país mediocre y miope condenado a la exclusión y a ver cómo otros países se enriquecen y se aprovechan de nuestro mejor capital.

España y sus chavales merecen mucho más que vivir de la caridad, de compartir, de la subvención o de la paga de sus mayores. Y vosotros, jóvenes: no aceptéis consejos de quien tiene seis cifras en el banco. Que se esfuercen por ofreceros un buen trabajo, la base para que cualquier vida, en el siglo XXI o en el XIX, sea considerada digna.

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