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Ana I. Gracia

Se lava la cara con agua fría y se observa en el espejo. Con las gotas derrapándole por la barbilla, se dice en voz alta: sigo siendo yo. Se mira y se identifica en la imagen que ve, pero algo pasa cuando sale a la calle. Se debe de volver transparente, como el aire que le entra en los pulmones, porque la gente le esquiva la mirada, porque dice buenos días y nadie contesta, porque mira un teléfono que hace semanas que no suena.

Pepito se dedica a la política, o se dedicaba, ni siquiera él alcanza a saber en qué momento de su vida profesional está. Tuvo que dar un paso atrás forzado por los que le ascendieron hasta los cielos: según cuentan, dejó mucho que desear desde el día que le entregaron todo el poder.

Le prometieron el oro y el moro porque no tenían a nadie y le convencieron dándoselo todo para que se autoconvenciera de que ya era uno de los suyos. Lo engañaron como a un chino pero él se lo creyó, porque alcanzó un puesto relevante en el partido, porque le arrimaron una silla bastante cómoda en un órgano provincial, porque se hizo con las llaves de una alcaldía.

Los tiempos de vino y gloria duraron uno, dos, tres años pero la vida, tal y como la concebía, se evaporó antes de poner fin a la legislatura.

Los jefes, los suyos, le fueron quitando poco a poco los galones que ellos mismos le habían colgado: lo sentaban dos filas más atrás en los actos, le rebajaron el cargo en el partido, le sacaban de las fotos oficiales.

Pronto se dio cuenta de que ya no lo querían, de que sobraba, de que no era bienvenido, pero los más poderosos no se manchan nunca las manos, y por eso no se atrevieron a echarle, lo machacaron. Cada día lo acercaban un poco más al borde del precipicio para que se cayera él solito y la gente no crea que una mano negra lo empujó barranco abajo. Al fin y al cabo, la conciencia de todos descansa cuando nos creemos que yo no fui, fue él quien se tiró.

Pepito siempre fue un libro abierto y un misterio a la vez. Se sabía todo lo que hacía, pero desaparecía durante días y nadie lo localizaba. Aguantó hasta que le resultó inaguantable seguir y se apartó de la vida pública cuando decían que se convirtió en un peligro para la institución que representaba. ¿Por qué nadie lo echó antes si tanto daño hacía?

La legislatura avanzaba frenética, pero no supo transmitir a los vecinos esa sensación de que todo estaba bien. Al contrario: no supo gestionar, lo reconoció en público y se marchó. Se quitó de en medio, como todos querían, pero se quedó con la tranquilidad que uno siente cuando recibe a final de mes un generoso sueldo que, encima, pagamos todos a escote.

Preparó su hasta pronto, que no el adiós definitivo, cuándo y cómo él quiso, sin avisar a los que rezaban cada noche para que se marchase esa misma mañana. Lo hizo, aliñando su discurso con abundantes raciones de drama personal. Días después, en una reunión a puerta cerrada, dijo que nadie lo diera por muerto. Aún no.

Visto con perspectiva, la desgracia personal despertó un sentimiento de ternura global, pero dejó al pueblo hundido en una crisis de identidad de la que resulta difícil perdonarle sabiendo cuáles son las consecuencias: un futuro más borroso que un presente devastador. Hay que tener mucha hambre para tragárselo todo, por eso los votantes deben pensar cuidadosamente en qué manos confiarán su futuro en el mes de mayo.

La historia de Pepito es una historia personal que refleja la historia de toda una generación: la que recluta personas sin empatía ni corazón que solo despuntarán si tienen ambición y saben estar.

Es la historia de una clase: la que se presenta como una cuadrilla de líderes inmaculados que se entregan a nosotros porque son ¡ellos! los que resolverán nuestros problemas. Pero, sobre todo, es la historia de un tipo de ser humano: la del señor que se mira en el espejo y se siente intocable, invencible, pero sale a la calle y el pueblo no le pelotea porque ha dejado de ser alguien. Porque ya no es nadie.

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