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Javier Lizaga

Quería proclamar lo bello de una ciudad entera que para por una historia de amor, cuando luego todo son guerras, huelgas y lo peta la serie de “Georgina”. Han bastado 6 horas para desmontar (las haimas) y el encanto cuando Will Smith le ha calzado una hostia a un señor presentador. Igual han sido más, en ese bucle en el que nos hacen entrar los medios, que han confundido interés y darle a un botón. Podríamos decir que Will Smith ha sido famoso de la hostia, que se le cayó el pelo al presentador o, incluso, más incorrectos, y asumir que desde Muhamad Ali, las leches de un negro no tenían tanta repercusión.

Después de divorciarse, Ivan Ferreiro empezó a darse cuenta de toda esa gente que comentaba chismes a su alrededor. Les dedicó “Farenheit 451”: “Casi todas las personas buenas que me rodeaban, eran la peor basura que puedas tirar, cerdos ignorantes, sois unos hijos de puta…”. El disco, un poco amargo, vendió regular, aunque en esa disyuntiva entre darles lo que quieren, o contar lo que te apetece, el cantante, al contrario de la gran mayoría, elige siempre lo segundo. Provocar está en el arte como la violencia en la calle. La escena del señor Smith aduce un problema de protocolo, suben al escenario asuntos y personas que no deberían.

Kurt Vonnegut cuenta en un libro muy divertido su propia experiencia cuando lo detuvieron en la IIGM los soldados alemanes y los metieron en un tren. Los que no mueren por la nieve o el hambre acabaron en Dresde, en un edificio llamado “matadero 5”. Desde pequeño llamó la atención gracias a su humor, “shadenfreude”, que suele traducirse como alegría por la desgracia ajena, aunque, en su caso, se reía hasta para afrontar su propia desgracia. En “matadero 5” remataba las muertes con “es lo que hay”.

Lo que hay es una sociedad mojigata y chismosa. Métele unas dosis de feminismo, machismo o de ideologías. El humor es lo más difícil que hay, el arte más complicado. Fíjense si lo es que todavía hay quien no ha aprendido a reírse de sí mismo. Hay chistes repugnantes, pero como en la libertad de expresión, prefiero seguir defendiéndola aunque sea para que uno me diga a la cara un insulto, ahí se queda. El verdadero triunfador  es el presentador: solo los chistes buenos levantan a la gente de sus asientos.

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