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Javier Lizaga

He visto más idiotas con móvil que monumentos. Imagínense una playa de arena blanca, gaviotas agresivas y agua tan fría que es ilegal en estos tiempos de racionamiento energético. Dos hermanas se pasaron la tarde entera haciendo poses, entera. Como esas hordas de chinos que fotografían ciudades para verlas en casa, ellas comprobaran en unos meses que estuvieron en un lugar precioso.

Hazme desaparecer, le pide Toni Servillo en La grande bellezza a un amigo mago que intenta que se esfume una jirafa. Si pudiera, no estaría aquí. Es un truco, le asevera. Todas las fotos lo son. No muestran lo que somos, como mucho lo que parecemos, en el peor de los casos lo que queremos o creemos que parecemos. Todo el mundo intentando venderte algo, comprarte,…meterte en sus dos megas de memoria, paladea Drexler, de repente, en el escenario. Mientras reivindica el silencio, la mitad del tendido reivindica el eco en su cerebro, y prioriza grabarlo, para envidia de su cuñao, a disfrutarlo.

Aunque el móvil también permite disfrutar. Sobre todo, en restauración. Es de mala educación hablar en la mesa, el placer consiste en aplicar el móvil para inmovilizar niños. Lo he visto funcionar incluso con bebés de 10 meses. Con 20 años y de fiesta, aprendí que una cosa es no drogarse y otra muy distinta es criticar a quienes se drogan. Seguramente la mayoría de los que te rodean no hayan ido realmente a mear. Ahora es peor aborrecer esa actitud que tener a los niños atontados con una pantalla. Porque cada uno es libre, porque para un día que tenemos para comer fuera…blabla.

Es una pena que, ahora que todo tiene un botón, los niños no se puedan desconectar. Una pena que muchos no eligieran comprar un perro, en lugar de tener un niño. Aunque es una educación coherente. Los que anulan a los niños con un móvil, viven atontados, ellos mismos, mirando internet cada 5 minutos, mientras la vida sigue alrededor. “Has dicho que las emociones están sobrevaloradas, y es una gilipollez, las emociones son todo lo que tenemos”, le hace decir Sorrentino a Harvey Keitel.

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