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De vuelta De vuelta
Antonio García

Nuria Andrés

Queda poco menos de un mes para que vuelvan a celebrarse las Vaquillas en Teruel y muchas de nosotras ya sabemos que no estaremos. Algunas de mi grupo de amigas será por un viaje, otras por trabajo, pero el resultado final será el mismo: todas romperemos la promesa que hicimos hace años de que nunca faltaríamos a nuestras fiestas de Teruel.

Este año para muchas no habrá veranos de volver a casa, ni de tener a tus padres esperando en la estación del autobús o de preparar el atuendo correspondiente el viernes por la mañana. Siempre he oído que estos días de julio son un paréntesis del resto del año, un espacio en el que dejas a un lado los problemas que te invaden durante los otros 365 días. En esta ocasión será también la fiesta de los reencuentros, los abrazos y comprobar que era mentira eso que decían los gurús hipocondríacos de que las Vaquillas no volverían. Y es que si el año pasado observábamos emocionados cómo se le ponía el pañuelo al torico discretamente, con el recuerdo de los que nos dejaron en la mente, este año tenemos la oportunidad de confirmar que, pese a todo, al final, todo río vuelve a su cauce.

De hecho, lo que resulta que ha pasado es que los que no hemos vuelto hemos sido nosotros. Para los estudiantes que durante el año viven fuera de sus provincias, estas fiestas son la conexión más pura con su pasado, con esos momentos en el patio del instituto en los que nuestra única preocupación era pensar en el disfraz que llevaríamos la tarde del domingo o si seríamos capaces de aguantar toda la noche despiertos. Pero a medida que uno crece, reservar ese fin de semana de julio se convierte en un auténtico privilegio. 

Cuando uno madura, tiene que tomar decisiones, y la mayoría de ellas pasan por dejar a un lado los deseos de niños y aferrarse a la realidad. En el caso de los jóvenes que vivimos fuera de nuestras fronteras, también es ver cómo poco a poco nos sentimos más lejos de nuestras tradiciones y nuestra gente, porque cuando uno deja su ciudad con 18 años, siempre acaba teniendo que elegir entre el corazón y la cabeza. La pérdida paulatina de las raíces es una tasa más a pagar y posiblemente sea la que menos se tiene en cuenta. 

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