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Por José Cañada

En la actualidad, aunque sigan en uso, los buzones han perdido por completo su importancia. Ya no se les mira con aquella veneración y respeto que se les tenía antes, cuando eran receptores discretos de confidencias, fieles guardadores de secretos, heraldos de celebraciones, testigos mudos de muchas angustias y demasiados amores.

Escribías una carta, la leías, la volvías a leer, doblabas con cuidado la cuartilla, la encerrabas en el sobre, te asegurabas de que la dirección estaba correcta y la echabas en el primer buzón que te encontrabas en la calle, confiado en que la habías dejado en un lugar seguro. Si la carta la considerabas muy importante o la mandabas a un ser muy querido, impaciente por ganar tiempo o aportar tú también un poco de esfuerzo para el transporte, te ibas hasta la mismísima oficina de correos y, en aquellas grandes bocas de león con que se asomaban los buzones a la calle, metías la mano para dejarla caer.

Más tarde, sobre todo en los patios de las casas de las ciudades, fueron apareciendo distintos modelos de buzones para facilitar el reparto a los carteros. Pequeños receptáculos casi adorados y custodiados con mimo bajo llave que abríamos con ilusión al regresar a casa. ¡Qué alegría daba reconocer la letra en alguno de los sobres!

A veces, siento pena al pensar en los momentos mágicos que se pierden las nuevas generaciones. Es cierto que han alcanzado una rapidez y una facilidad sin límite en la comunicación. Algo que hace sólo unos años no podíamos siquiera imaginar. Pero también es cierto que se ha perdido la emoción que suponía abrir aquellos frágiles sagrarios que guardaban la noticia escrita, la que se palpaba, se olía, se veía y se sentía al mismo tiempo.

No puedo pasar por alto la tentación de contar lo que representaba recibir una carta estando lejos de casa cuando, para llegar ese sobre a tu mano, metido en una saca de correos, zarandeado de un lado para otro, había hecho transbordo de trenes, pasado fronteras y cruzado el mar.

Estando yo en Marruecos, en aquel campamento de Regulares la figura del cartero se veneraba como la de un hechicero. Se distinguía de lejos su torcida silueta con la valija repleta, colgada del hombro; se conocían sus andares y, sobre todo, tenías registrada su inconfundible voz.

Sobre el mediodía, a la hora del descanso, el cabo cartero tomaba posición en el centro del campamento. En pie, con la misma arrogancia que si repartiese premios de lotería, comenzaba a leer en voz alta los sobres que iba sacando de la valija. El silencio era absoluto, únicamente perturbado por el regocijo incontenible de los afortunados que se apresuraban a recogerlos.

Muchos esperaban ansiosos escuchar su nombre; vendría detrás del que estaba leyendo, del siguiente, del siguiente…; escuchaban y escuchaban hasta que ya no había siguientes. Entonces, abandonaban el corro con tristeza confiando en que, tal vez, en la próxima visita del cartero tuvieran más suerte.

Pasaba un día y otro día, y cuando ya para ellos aquel encuentro de los mediodías se estaba convirtiendo en una rutina marcada por la desesperanza, como si fuese el eco de un acorde celestial, escuchaban con sorpresa que su nombre resonaba por todo el campamento como llovido del cielo. Azorados, saltando sin tino, pisando a los demás, llegaban hasta arrebatar de un tirón la carta de la mano caritativa del cartero.

Se marchaban apretando la carta contra su pecho, buscando un escondite en el que tener algo de intimidad para mirar aquel tesoro, intentando evitar que nadie más lo compartiera. Esperaban lo que hiciese falta hasta conseguir ese momento. Cuando lo alcanzaban, con la misma delicadeza e impaciencia que romperían el envoltorio de un preciado regalo, rasgaban el sobre y sacaban las cuartillas que había dentro. Cuartillas llenas de renglones torcidos y letras desiguales, con ayeres con hache y bienes con uve, que, con calma, para no consumir tan pronto las líneas, iban leyendo una y otra vez, mientras contemplaban ensimismados aquellos desgarros de tinta que había hecho la pluma sobre el blanco papel. Después de haberla leído cinco veces, después de haber memorizado su contenido, intuitivamente, se acercaban la carta buscando olores que aún no se hubieran extinguido. La acercaban más y más hasta que sus labios la rozaban con un beso porque eran conscientes de que, sobre aquel papel, en un continuo ir y venir, se había deslizado el puño de su madre o de su novia. Luego, la guardaban para volverla a leer.

Ahora también los buzones están llenos, rebosantes de entintados y coloridos folletos de propaganda que te ofrecen precios de ganga, llenos de rimbombantes cartas personificadas que te citan en hoteles de lujo prometiéndote un regalo, aunque en realidad lo que pretenden es venderte un apartamento en la playa; sobres con ventana que no necesitas abrir porque sabes de sobra que sólo contienen recibos que te ha pagado el banco; sobres alargados y grandotes que contienen el obligatorio requerimiento de algún pago para la Administración; sobres  cargados de listas y promesas electorales que, sabes, nunca se llegarán a cumplir. Y entre todo ese abultado rebullo de papeles no descubres ninguno escrito a mano, ninguno que te importe o merezca la pena leer, o te transmita una alegría, o te motive, o te acerque a otra persona. Por eso hoy, aquellos buzones que antes se conservaban con tanto celo, han dejado de ser interesantes y, a veces, te los encuentras descuidados con sus puertas abiertas y medio rotas. ¡Qué pena!  Aunque sigan estando repletos ya no tienen nada que contar, nada meritorio que guardar. De ser ayer depositarios de las más vivas sorpresas y emociones, de tantos sentimientos, han pasado hoy a convertirse en buzones vacíos.

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