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Por Raquel Fuertes

No puedo. Lo intento, pero no puedo abrir los ojos. Estoy en un sueño, dentro de otro sueño, dentro de otro sueño... Lo sé, pero esa certeza no hace que sienta menos angustia por no poder abrir los ojos. Necesito ver, saber dónde estoy.

En el último recuerdo medianamente lúcido que me viene a la cabeza conviven una mezcla de bochorno y profundo sopor, así que intuyo que estoy en medio de una siesta de verano. Una de esas que, aunque predecible, parece que siempre te pillan de improviso. De esas que desarman todas tus defensas y te alejan de consciencia y racionalidad.

Lo cierto es que hoy me siento distinta. Este sueño tiene, precisamente, un punto más racional de lo que acostumbro. Lo habitual cuando el letargo se apodera de mí es lidiar con una sarta de disparates inconexos que luego soy incapaz de recordar al no poder hilar un relato con un mínimo de sentido.

Pero sí, hoy me pueden la cordura y la lucidez y quizás por eso quiera escapar de este sueño: porque me impide escapar de esta vida que se dio la vuelta de la manera más estúpida. Víctima de una triste decisión. Va, confieso: no voy a intentar ir de original cuando eso es de una canción de Alaska. No voy a intentar ir de poeta cuando nunca se me dieron bien ni siquiera las rimas fáciles ni ninguna forma de ritmo.

El caso es que todo es ponerse a buscar en Google y poner ‘mala decisión’ y el maldito texto predictivo te acaba sugiriendo ‘Cómo arruiné mi vida por una mala decisión’ y ese arrastrar de fracaso y decepción, de culpa y rabia, de tristeza y soledad, es lo que suelo apaciguar en mis surrealistas siestas de verano. Ahí escapo de mí.

Hoy no.

¿Por qué sigo pensando en todo esto cuando empiezo a oír ruidos en nada familiares y sigo con la angustia de no poder abrir los ojos? ¿Cómo un sueño tan pesado puede traer tanta clarividencia a la oscuridad que me invade? Y, mientras, sigo sin ver.

No quiero hacerme la interesante (la verdad es que de normal soy tan simple que no sé ni cómo atraer el interés sobre mí), pero es que me avergüenza contar lo que hice.

Soy, como decía, una persona simple. A veces incluso simplona. Quizás haya pasado mil veces por tu lado sin que nunca te hayas dado cuenta de mi presencia. No hago nada especialmente bien y tampoco suelo generar crisis. Una insulsa. En definitiva, una mediocre desde cualquier ángulo.

Eso sí, nunca se me hubiera ocurrido hacer nada inapropiado. Nada que no se esperase de mí. Nada que me sacara del confort ético. Hasta que lo hice.

Cogí aquel sobre olvidado en un bar. Con un gesto impulsivo, en vez de dárselo al camarero, lo guardé rápidamente en mi bolso y dejé el periódico mucho antes de llegar a la columna de contraportada. Salí pitando, mezclando la sensación de culpa (ay, cuánto iba a conocerla a partir de entonces) con la adrenalina de saber que me había salido del guion y que había hecho algo malo. Lo reconozco: al principio la travesura me dio subidón.

Al llegar al trabajo me fui al baño bolso en ristre. Sigo sin poder salir de este sueño, sigo sin poder abrir los ojos, pero estoy viendo claramente el momento en que abro el sobre y a hurtadillas descubro que son billetes de 500, de 200, de 100..culp. Muchos. Por supuesto, más de lo que gano en un año en un trabajo de mierda que siempre prometo dejar.

Me sentí pícara, moderadamente excitada y ligeramente rica. No podía dejar el maldito curro, pero sí comprarme un Carolina Herrera rojo que nunca estrenaré y planear marcharme en verano más allá del pueblo.

No quise pensar de quién era el dinero ni para qué. Pero esta ciudad es pequeña y pronto supe que le había arruinado la vida a alguien. No hice nada al respecto. Con los restos de mi laxa moral empujando al sentimiento de culpa fui forjando un carácter cada vez más amargo y más hostil y pude paladear con toda intensidad la sensación de soledad. No sé si me entienden, pero la losa pesaba tanto que el placer de gastar pronto quedó ahogado por la penitencia en la que se convirtió mi vida.

¿Y por qué viene ahora a mi mente todo esto? ¿Por qué tengo que aguantar este maldito recuerdo metido en el sueño de una siesta que venía a rescatarme de mi amarga vida y que me está ahogando a base de tanta clarividencia? ¿Por qué preferí un bolso Louis Vuitton de temporada antes que una devolución anónima que me hubiera liberado del secuestro de mí misma?

Porque lo cierto es que ese ser tan mezquino no era yo. No soy yo. Todos podemos tener momentos de ruindad, pero ese desapego del dolor ajeno, esa insensibilidad hacia las desdichas del otro, me sorprendieron y me descubrieron que la maldad vive dentro de nosotros, solo hay que hurgar en el agujero adecuado para toparse con la pez que impregna todo lo malo y lo hace impermeable a lo correcto.

En esta vívida pesadilla se ha metido el runrún de la cancioncita de marras. “Víctima de un error”. Arrastrando la angustia durante meses, de pronto, todo se precipitó. Hace apenas un par de días. Crucé casualmente la mirada con aquellos a los que había destrozado la vida y, a pesar de mi anonimato y de lo oculto de mi secreto, me sentí morir al sentir su tristeza y desesperación.

El peso de la culpa cayó sobre mis hombros con toda su amargura, no pude soportar tanto dolor y ahora estoy aquí. Oyendo letanías amortiguadas por maderas y telas, intentando volver a ver desde un lugar que adivino angosto, pero siendo solamente capaz de oír. Y oler. Nadie sabe por qué estoy aquí, pero sé que muchos saben dónde estoy. No como yo. Bueno, también lo sé yo desde hace un rato. La siesta terminó.

Ese olor… Me recuerda al de las misas importantes o a las de ocasiones tristes. Minuto a minuto, huelo y oigo sonidos que antes no entendía y que ahora empiezan a encajar conformando un relato cada vez más real y aterrador. Y en esta narración, en la que sigo sin ver y no tengo tacto, me sorprende constatar que el alma piensa, escucha y huele. ¿Olerá la propia ausencia? Si pudiera dar órdenes a este cuerpo que no siento, intentaría huir, salir corriendo de este sueño que es, a la vez, pesadilla y liberación, un laberinto del absurdo al que he llegado sola.

Pero ya no soy nada. Aquella decisión estúpida me ha arrastrado hasta aquí. Hasta el momento definitivo. Ya no tengo dudas. Lo sé. Pronto todos sabrán mi secreto. Es el final. Ni cielo ni infierno. Nada espero. Nada queda. Nada soy.

Estoy muerta.

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