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Fabiola Hernández

Las emociones se contagian. Lloramos cuando un compañero nos cuenta los últimos días de vida de su madre, a la que no conocíamos, o coreamos eufóricos el gol de una selección de fútbol de la que jamás hemos visto un partido entero.  Las expresiones faciales, los gestos, las palabras circulan entre el grupo en una danza que no vemos porque no la miramos, seguramente, porque nos creemos inmunes. Decenas de estudios científicos responsabilizan a las neuronas espejo, la corteza insular del cerebro, o incluso a la evolución de la especie, que nos ha otorgado esta facultad como herramienta de supervivencia, de esta capacidad humana que quizás nos fuera útil en la última glaciación, pero que de seguir así las cosas, nos acabará matando de frustración. Algo que la evolución no tenía previsto.

El contagio emocional se produce cada vez que los humanos actuamos. Todos somos emisores y receptores de penas y alegrías en un grupo de iguales. Pero cuando hay un líder la cosa cambia. Asegura Daniel Goleman, padre de la inteligencia emocional, que es el individuo más poderoso el que marca el estado emocional de los demás. ¿Y qué pasa cuando él/la más influyente no es una persona?  Estoy hablando de un virus, un volcán, unos indicadores económicos abstractos, un discurso de miedo y odio que nos empapa como lluvia fina. Sabíamos que nos matan la pobreza, las enfermedades y las bombas, y en los últimos años hemos aprendido que también lo hacen la depresión, la soledad y la desconfianza que nos llevan a una frustración insalvable. Yuval Noah Harari, uno de los pensadores actuales más influyentes del mundo, argumenta en su archiconocido ensayo Sapiens que nuestra especie ha dominado el planeta gracias a su capacidad para construir relatos. Leerlo a él y a otros pensadores como él, cambia tu forma de entender el comportamiento humano, pero son las sonrisas o las quejas constantes de tus compañeros de trabajo, los programas que ves en televisión o las noticias que buscas en las redes sociales las que, sin ser consciente, usas para escribir el relato que te cuentas a ti mismo cada día. Reflexionar sobre ello quizás sea el primer paso para levantarnos menos frustrados mañana.

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