Síguenos
El Viaje El Viaje
Ricardo Figueras

Por Macarena Berlín de Miravete 
 

Andaba yo procesando una  información oscura recién recibida, mientras cargaba el coche con la maleta, mi perro y conmigo misma dispuesta a volar  al refugio escogido, en principio para siempre. Había sido un breve salto al lugar donde había pasado las tres cuartas partes de mi vida, y sin embargo todo me resultaba ajeno. El escenario el mismo (o eso creía yo), mismas caras,  mismas casas, mismas cosas. Quizá la que no era la misma fuera yo.

Justo cuando giraba la llave de arranque sentí unos golpecitos en mi ventanilla, y vi una persona desconocida que me hacía señas para que bajara el cristal –Buenas tardes – (todavía no entiendo porqué pasan tantas cosas a las cinco de la tarde, pensé dando por sentado que algo incómodo me iba a retrasar.  La verdad es que no tenía ningún motivo para desconfiar, pero es cierto que cuando algo irrumpe en lo que consideramos “nuestro espacio vital metálico”,  siempre nos ponemos en guardia). –Buenas tardes– contesté yo un poco a la defensiva, lo reconozco. – ¿Piensas ir muy lejos…?–  me preguntó, con una sonrisa  entre irónica  y divertida y una ceja levantada. Lo primero que pensé es que me había dejado alguna bolsa  fuera; que llevaba una rueda pinchada; o que se trataba  de alguien conocido a quien, debido a mi  despiste, había  ignorado. –Pues sí,  bueno, depende de “tu lejos”. Si es relativo  a la Puerta de Alcalá sí, voy lejos, si  “tu lejos” lo comparas con la distancia a Roma, no voy tan lejos… ¿Teruel te parece lejos…?–  (¿Por qué me presté a dar explicaciones? ni idea. Quizá  porque mi interlocutor no me pareció hostil, todo lo contrario, ni hostil ni desconocido  aunque en ese momento todavía no me hubiera dado cuenta; quizá porque en el fondo agradecía ese corte en el estado mental en que me había dejado la lúgubre noticia de un rato antes. La cuestión es que toda la prisa que al mediodía había precipitado mi marcha se había convertido extrañamente en “un dulce no hacer nada”. Creo que me estaba dejando llevar por aquella situación, como el que se deja ir flotando sobre unas aguas tranquilas, en la que solo me faltaba decirle sigue, no te muevas y continúa hablando. Así de raro era todo) y añadió –Sí, creo que “mi lejos” es el mismo que “tu lejos”, el lejos que no es el mismo es el de la ITV de este coche, que caduca mañana–.  ¡Para  qué queríamos más, dudar del control  que llevo sobre todo lo relativo a los permisos de “mis alas”! Puedo pasar por alto una entrada reservada desde hace meses para la despedida de Serrat; una cena con alguien a quien no he visto desde hace años;  la fecha de cumpleaños de “mi más mejor amigo”, o incluso hasta una  consulta médica ¡pero la vacuna de mi perro, o la ITV de mi coche, jamás de los jamases! Solté una carcajada, absolutamente sincera, porque la duda estaba por encima de la ofensa. La ITV caduca en junio y estamos en agosto. –Seguro, me dijo, no lo dudo si tú lo dices, si no fuera porque este coche no es el tuyo. ¡Dios, me dije incrédula mirando delante, detrás, arriba y abajo…Ya decía yo que el salpicadero estaba demasiado limpio y la guantera casi  vacía. Más pruebas que esas imposible, no era mi coche! Creí morir de apuro.

Fue muy amable, tanto que hizo lo imposible para que no se me cayera la cara de vergüenza. Me había salvado por los pelos el estado en que estaba, porque si no habría jurado hasta la muerte que ese coche era el mío. Pero efectivamente, era el mismo modelo, el mismo color, y tenían casi las mismas matrículas, pero ni sus dueños ni su extrema pulcritud eran los mismos. Definitivamente me había metido en un coche ajeno.

Siempre he tonteado con la creencia de las abducciones galácticas porque entre otras cosas las veo bastante irreales, y al no respetar la idea incluso me divierte su posibilidad, pero no encuentro otra explicación para lo que había sucedido en esa ocasión. De pronto me encontré llegando a mi destino, acompañada de la persona a la que había estado a punto de robar su coche, parece ser que unas horas antes. No había sido un desconocido en ningún momento, ahora lo sabía. Se trataba del que había sido mi médico de familia durante el tiempo que viví allí, en la ciudad que descarada y orgullosamente había abandonado un año atrás.

Volví a la realidad al ver la sombra de unas enormes alas proyectarse sobre la roca. Siempre pasaba lo mismo en aquel trozo de la carretera de Molinos. Me sobrevolaba, me recibía, me daba la bienvenida. Era el dios del Maestrazgo.  Mil veces me había quedado mirando su vuelo, su planear constante girando, buscando, siguiendo su técnica de observación y  paciencia; ese que una vez saciada el hambre, vuela con las alas extendidas, aproximándose al nido, donde al acercarse dobla los extremos de sus alas hacia arriba, estirando sus garras potenciando la frenada,  para terminar adentrándose en la oquedad de la roca. Una vez allí  regurgita lo comido y lo deposita en los picos de sus polluelos alimentándolos así. Comparte esa función con su pareja a la que es fiel durante toda su vida. La humanidad los aborrece porque se alimentan de cadáveres, cuando en realidad lo que hacen es limpiar el plato en el que comen, por cierto evitándonos enfermedades. Desprecian sus movimientos en tierra sin entender que ellos no han nacido para andar sino para volar, y en eso son dioses.

Había trascurrido mucho tiempo desde que mi compañero de viaje había abandonado su pueblo. En realidad su pueblo ya no era su pueblo, ni esta tierra su patria chica, pero la ocasión que se le había presentado le reconciliaba con su raíz, y no era yo quien para preguntar más. Nunca supe si llegó a su destino porque me dio miedo averiguarlo. De improviso, detrás de un montículo apareció ella, la pastora, con su sombrero grande de paja, y sus ovejas. Venía sacudiéndose la ropa que chorreaba. Sonrió, y como justificándose murmuró “viene fuerte el río, sí, pero ya casi  estoy seca y puedo seguir”. Y posando su mirada azul allá a lo lejos murmuró, “va a llover”. Nunca la había visto, y por el tiempo habría sido imposible conocerla, pero fue como si  hubiera estado esperándola desde siempre. Además, reconocí su dulce luz en los ojos serenos del más  pequeño de sus hijos. La mirada de las alas, esa que desde la altura abarcó a unos y otros dándole a cada uno la gota de sabiduría que necesitaba.

Cuando desperté me rebelé, no lo podía creer…, había sido tan verdad. Pero al mirar por la ventana supe que la verdad continuaba, El Maestrazgo me miraba, y yo era consciente del milagro. Un verdadero regalo.

El redactor recomienda