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Javier Silvestre

Se han perdido las formas. Las más mínimas. Veo atónito como la vicepresidenta valenciana, Mònica Oltra, salta, ríe y se abraza a los suyos en un acto de partido tan sólo 24 horas después de haber sido imputada formalmente por encubrir y entorpecer la investigación sobre los abusos sexuales de su exmarido a una niña tutelada en un centro de menores. Ya me espeluznó verla el viernes, bebiendo agua sin atragantarse al decir que no pensaba dimitir, que todo se quedaba para “defender la democracia”. Una democracia que se está viendo “amenazada” -según dicen desde su formación política- desde la extrema derecha al convertir la imputación de Oltra en una cacería política.

Creo que el ciudadano ya está curado de espanto a estas alturas de la película. Pero sigo sin entender, a nivel humano, cómo esta señora no comienza cada una de sus ruedas de prensa y actos oficiales mandando un mensaje de solidaridad a la chica que sufrió los abusos a manos de su entonces marido. O, al menos, haber empezado el viernes su comparecencia recordando que la víctima fue, es y será siempre la joven abusada y no ella misma, como insistió en recordar a los periodistas presentes. 

No voy a recurrir al manido “si esto hubiese pasado con un partido de derechas y un hombre tendríamos las calles incendiadas” porque se ha repetido hasta la saciedad. Tan sólo quiero poner de manifiesto lo perplejo que me deja que los que se apropian de la moral colectiva no tengan ahora la decencia ni de solidarizarse con la víctima porque creen que vale más destacar que el abogado de la joven milita en una organización de extrema derecha. Es decir, que la joven abusada por el exmarido de Oltra es menos víctima por la ideología de su letrado. Telita.

Y si bien es cierto que el caso se está utilizando políticamente para intentar hacer caer el Gobierno de Ximo Puig, no es menos cierto que la Fiscalía y un juez han visto indicios de que la vicepresidenta valenciana trató de entorpecer la investigación y desacreditar a la víctima de estos abusos sexuales. Lo voy a volver a escribir, porque es tan grave la acusación que me cuesta que Oltra pueda dormir tranquila. “Acusada de tratar de entorpecer la investigación y de desacreditar a la víctima.”

Pues Oltra no sólo duerme a pierna suelta sino que aparece este sábado dando saltos y abrazándose a los suyos en un acto de Compromís donde, para mayor vergüenza, se proyectan detrás de ella imágenes de niños corriendo felices. Y no hay ni una organización feminista manifestándose en las calles, ni la ministra de Igualdad abre la boca en un caso que de haberse producido, por ejemplo, en otra comunidad autónoma, tendría las calles tomadas todos los días por organizaciones de mujeres clamando al cielo.

La presunción de inocencia no es la misma para todos. A la vista está. Oltra tiene que apartarse y defenderse. Si se demuestra que las durísimas acusaciones que pesan sobre ella no son ciertas, que vuelva a su cargo. Pero no. Es mejor transformarse en una pseudo heroína de la democracia que, lejos de pensar en la víctima, prefiere defenderse a sí misma. Flaco favor hacen a la tan apelada democracia tanto ella como el resto de partidos que la mantienen en su cargo.

Más allá del fondo, a Oltra y a sus socios les pierden las formas. Pero, ¿qué esperábamos de los populismos? Pues eso. Show, show y más show

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