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“Gracias...¿Antonio?” “Gracias...¿Antonio?”

“Gracias...¿Antonio?”

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Javier Silvestre

Seguro que han visto durante estos últimos días uno de los momentos más virales de la semana. Mario Draghi, presidente italiano, agradecía con un “Grazie”, António” a Pedro Sánchez su intervención en una rueda de prensa conjunta en Roma el pasado 18 de marzo. El vídeo dura apenas cuatro segundos y ya se ha convertido en el chascarrillo de los detractores de Sánchez, que se regodean de que Draghi ni conoce el nombre del líder español. Pero, otra vez, hemos sido víctimas de un engaño. Sólo hay que ver el fragmento completo para observar que junto a Pedro y a Mario está… ¡António!

Es al presidente portugués, António Costa, a quien Draghi le da la palabra sin hacer la pausa habitual. El italiano mezcla el agradecimiento cortés a Sánchez con cederle la palabra al luso. Es decir, que la cosa queda realmente así: “Gracias (Pedro)... ¿Antonio?” Costa, es más, responde con un “prego” (“de nada”), y abre su intervención. Pero todo esto seguro que no lo habrán visto en ningún sitio. Yo tampoco… hasta hoy sábado, cuando he tenido un rato para leer sosegadamente algunas noticias que he devorado esta semana sin tiempo ni de masticar. Como periodista les confieso que es frustrante y agotador, a la par de desmoralizante, no poder dar por buena absolutamente ninguna información que cae en mis manos. Llegue de donde llegue. No quiero pensar la sensación que esto le provoca al resto de ciudadanos, aunque sí sé los estragos que está generando en nuestra sociedad. La globalización y las redes sociales se han convertido en el mayor peligro de nuestra civilización porque nos hemos instalado en un sedentarismo intelectual e ideológico.

Yo les confieso que me informo por Twitter de muchas cosas. Eso sí, tengo una cuenta en la que sigo a gente con la que comparto muchas ideas, pero también sigo a mucha gente con la que no estoy nada de acuerdo en la mayoría de los casos. No busco que la información me dé la razón. Intento que, al ver una noticia, alguien me aporte un punto de vista contrario al que me he forjado a priori. Eso me enriquece (también me escuece de vez en cuando) y me hace rectificar, en más de una ocasión, sobre ideas preestablecidas que me habían llegado desde los canales afines a lo que yo pienso.

Esa bofetada a nuestras creencias preestablecidas también suele encontrarse en las respuestas de las noticias que se comparten en esta red social. La gente contextualiza de forma sorprendente y maravillosa, rebate desde el fanatismo pero también desde el rigor en muchos casos. Y es ahí, en la respuesta a un tuit sobre cualquier tema, donde suele estar la clave, el punto medio, la ponderación de lo que nos están contando. Uno aprende a identificar rápidamente los hooliganismos de las aportaciones con valor. Y es una gran herramienta para el periodista y sobre todo para el ciudadano.

Me dirán ustedes que siempre que sea posible hay que recurrir a la fuente original, pero hay dos grandes problemas actualmente con este asunto. Primero, que la fuente ya haya manipulado la información de origen (véase la información gubernamental de cualquier signo) y segundo, el tsunami de información que se genera a diario, que desborda cualquier intento de comprobación que se precie.

Por eso hay que dudar de todo lo que nos llegue, venga del medio que venga: Incluso del diario impreso en papel que uno lleva habitualmente debajo del brazo. Todo ha sucumbido a esta polarización que busca posicionarnos en un extremo. Blanco o negro, no hay grises. No interesan los grises porque es el color que nos hace cuestionarnos cosas. Y es mejor adoctrinar que informar objetivamente. Resulta complicado no abrazarse a los ideales propios, salir de la zona de confort ideológica con la que nos tienda y narcotiza esta globalización informativa. Pero, sin duda, nos empobrece tremendamente. Nos anula como ciudadanos libres, sin que nos demos cuenta.

Por eso me escuece, pero me enriquece, saber que detrás de ese “gracias, António”, lo que hay realmente hubo fue: “Gracias… ¿António?”

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