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Javier Silvestre

La gente no quiere que le cuenten lo que ocurre. Quiere que le cuenten lo que quiere oír. Y fin. Les recomiendo ver la serie The loudest voice (La voz más alta) para que entiendan esta máxima que se ha instalado en absolutamente todos los medios de comunicación. Lo hacen medios de izquierdas y de derechas, con mayor o menor descaro. Disfrazando como neutral lo que es una clara manipulación informativa. Pero, o te mojas o no te compran. Así de triste.

El problema es cuando te mojas tanto que te ahogas. O peor aún, cuando te arrancan de la mano el paraguas en mitad de un chaparrón. Es lo que le ha pasado a Antonio García Ferreras. Las cloacas de Villarejo han dejado en evidencia al creador de la marca "más periodismo". Dio una información contra Pablo Iglesias a sabiendas de que era falsa.

La historia en sí tampoco es que fuese el Watergate podemita (como algunos quieren hacernos creer) pero sí deja entrever cómo funciona el periodismo hoy en día. El Cuarto Poder, ebrio precisamente de eso, de poder… podrido. Ferreras se ha defendido diciendo que se citó el medio que daba la falsa noticia (Ok Diario) y que llamó personalmente a Iglesias para que desmintiera la información. Cree que con eso ya ha hecho más periodismo. Pero no.

Porque lo grave de este caso (y ahí es donde los audios de Villarejo escuecen tanto) es que Ferreras sabía que la información era falsa y aún así la dio. Punto y final del debate deontológico.

He leído comentarios muy tibios de otros abanderados del buen periodismo (el suyo, por supuesto) que harían sonrojar a cualquier estudiante de primero de Ciencias de la Comunicación. También me han parecido desmesuradas algunas críticas de los extremistas habituales. Porque todo esto, tan sólo pone de manifiesto una cosa: no se pueden dar lecciones. Y menos desde un plató de televisión, donde hay muchos factores que se anteponen al periodismo. Eso lo sabemos todos los que trabajamos en la tele.

Con emular al auto denostado Juan Carlos I, con un "me he equivocado, lo siento, no volverá a pasar" habría sido suficiente. Porque todos los periodistas nos equivocamos alguna vez en la vida. Por admitirlo no somos peores profesionales. No hacemos menos periodismo. Tenemos una profesión en la que la arrogancia se impone incluso a la realidad. Donde los micrófonos y los teclados de ordenador se usan como púlpitos para aleccionar al prójimo. Donde el perdón hace tiempo que claudicó ante el y tú más.

Al final yo también peco de aquello que critico. Aunque intento no dar lecciones, ir de frente y aprender de los errores no siempre lo consigo. Creo que al periodismo le sobra ego y le falta humildad. Que la dopamina del poder todo lo termina corrompiendo y que son muy pocos los profesionales que no sucumben a las presiones políticas y empresariales.

Por eso es necesario que vean los siete capítulos de The loudest voice. Para que entiendan de qué van las cloacas de la información donde algunos poderosos se desenvuelven como pez en el agua. Esto promete.

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